Los emolientes de don Emilio

Emilio, el hombre de los emolientes, no se deja vencer por la adversidad. Es un ambulante optimista y sabe que por nada del mundo debe dejar de trabajar aunque el comercio de los informales está totalmente prohibido en su barrio y los barrios adyacentes de su cuartito de alquiler en el centro de Lima.

| 09 setiembre 2011 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.1k Lecturas
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Escapando de un trabajo de esclavo en una mina informal de Cerro de Pasco, Emilio llegó a Lima a buscar mejor futuro y cómo habrá sido su vida antes, que ahora cree que le va muy bien. Tiene 60 años de edad, una hijita lejos, infinitas penas, la espalda sumamente maltratada y unas manos que parecen haber resistido el paso de un camión.

—Yo le saco la vuelta a la adversidad, amigo. Sé que está prohibido el comercio ambulatorio en la plaza, pero en ciertas horas no me dicen nada. Es más, hago falta.

—¿Hace falta?

—Claro, los mismos serenos que no me dejan vender de día son mis clientes durante la madrugada.

Emilio sale con su carreta a las dos de la madruga hacia la Plaza Bolognesi. A esta hora, los serenos tiritan de frío y buscan calentarse con un vaso de a sol de un emoliente de don Emilio. “Ya, tío, un emoliente”, dicen los serenos que se olvidan de las normas.

También son clientes de Emilio los noctámbulos de todas las edades, esos que no quieren llegar a casa porque no saben que hacer en la cama de noche; las mujeres alegres de las madrugadas tristes; algunos policías de las comisarías aledañas; los choferes que se alucinan hombres nocturnos; cobradores de combi, como Raúl, quien no quiere ir a su casa por culpa de su mujer desquiciada; los niños huérfanos de todo.

—No hay problema, amigo. Yo, tranquilo, gano mi billete para pagar mi alquiler, para comer, vestirme y para mandar un billetito a mi hijita que vive aún en Cerro de Pasco.

—Tiene un horario alucinante.

—Salgo con mi carreta cuando la mayoría se va a su casa a dormir y guardo mi carreta cuando la mayoría sale a trabajar. Son horas al margen de las normas municipales en el comercio ambulatorio. No es que no quiera formalizarme. Lo que pasa es que no necesito. Ahora solo vendo en las madrugadas.

—¿Qué necesita por ahora?

—Nada, salvo que Dios me siga dando salud para ayudar a mi hijita.


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