Los Comandos en el Mar de Grau

Nunca perdimos tanto como nación como en la guerra con Chile, muchas vidas, mucha sangre, y bueno, territorio. Sin embargo ganamos un héroe envidiado hasta por el propio enemigo. Miguel Grau fue un humanista adelantado. Recogió del mar a los derrotados chilenos del Esmeralda que acababa de herir mortalmente.

| 02 enero 2012 12:01 AM | Columnistas y Colaboradores | 3.4k Lecturas
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Pudo fácilmente haberlos rematado. Total, estaba en pleno combate, y por último quizás no tendría cómo ocuparse logísticamente de ellos. Pero contrario a lo que en muchas guerras sucede, Grau hizo lo que manda una ley que está escrita en la sangre de la especie: tanto como la de supervivencia, la ley moral de la compasión.

Pese a ser sus más acérrimos enemigos, pese a haber estado momentos antes peleando con ellos por su propia vida, pese a haber sido atacado a muerte, pese a todo, Grau –por eso El Caballero de los Mares- tuvo un gesto humano que lo volvió inmortal, en nuestro país, en el país enemigo y traspasando fronteras.

Probablemente nadie hubiera criticado a Grau si los hubiera ejecutado. Pero no lo hizo. Y los peruanos, civiles y militares, vivimos orgullosos de un hombre como él. Y es especialmente relevante que los militares, marinos o no, reconozcan en él un paradigma. Porque nadie mejor que ellos sabe lo que en batalla ocurre, el fuego cruzado, las sombras, los miedos, la valentía que se sobrepone a la incertidumbre, al riesgo de muerte, y en la mayoría de casos, el poco crédito que se le otorga a un militar nacional tras haber expuesto su vida una o cien veces. El Estado lo maltrata, le mal paga, lo olvida cuando más ayuda necesita. Por eso, lo que viene pasando con los Comando Chavín de Huántar es tan sensible.

Más de cien años después del inmortal gesto de Grau, un grupo de militares peruanos dio un ejemplo mundial de eficacia, precisión, arrojo, sincronía, estrategia, planificación, entrenamiento. La operación se ejecutó casi a la perfección, como una gran sinfonía bélica, si no hubiera sido por la muerte de dos comandos y un civil rehén, si no fuera, también, por la muerte puesta en cuestión como ejecución, de uno o más terroristas. Y acá empecemos a hacer las obligadas distinciones, porque el diablo, como se ha dicho desde hace mucho, se esconde en los detalles. Y es en varios detalles, que este caso puede volverse perverso, política y mafiosamente manipulable.

Ocho de los catorce terroristas tienen un disparo en la nuca, según los partes policiales y forenses de ese momento. De esos ocho, solo seis tienen rastros de pólvora de haber disparado, asegura el peruano José Pablo Baraybar, antropólogo forense internacional que pudo revisar los partes y trabajó con los restos en la exhumación. Esos son los datos duros, científicos. De allí caben no una, sino varias hipótesis de trabajo que tendrían que ser confrontadas con otros datos para ver qué curso siguen: si no dispararon pero murieron en el fragor del enfrentamiento, si no dispararon y fueron ejecutados post rendición, si los balazos en la nuca se hicieron o no a corta distancia o a lo lejos con precisión de francotirador, etc.

¿Habría sido válido que los comandos ejecuten a los emerretistas? En pleno combate, por supuesto, nadie refuta esto. ¿Tras el combate? Depende cuándo puede considerarse “acabado” el combate. De hecho, los emerretistas de la residencia estaban armados hasta los dientes (se encargaron de mostrárselo a la prensa) y tenían hasta granadas colgando del uniforme. Los estado alterados de los instantes inmediatamente posteriores al enfrentamiento, pueden aún considerarse una atendible coartada.

¿Y si los hubieran rematado ya en momentos en que todo en la residencia estaba bajo control de los comandos? ¿Y si hubiera entrado un grupo exógeno a los profesionales comandos a “acabar” con los terroristas? Entonces el Estado podría, debería ser cuestionado y procesado por ejecuciones sumarias cuando la vida de los defensores o víctimas ya no estaba en absoluto en peligro.

Y eso, hasta donde entiendo, es lo que ha pasado. Los comando están a salvo porque hicieron su trabajo con el corazón, las armas y los Derechos Humanos en la mano. Los pseudocomandos en la sombra hicieron lo que saben hacer: ensuciarlo todo, pretenderse dioses, jueces y verdugos en segundos. Lo mismo que hicieron en Barrios Altos, lo mismo que hicieron en La Cantuta, solo que peor, porque metieron sus narices, sus armas inmundas y su prepotencia política en un lugar sagrado, en uno de los mayores actos de solidaridad que un ser humano puede acometer, el de salvar la vida de otros congéneres aun a costa de la propia.

No imagino a NI UNO de estos superhombres matando de un balazo en la nuca a sus “trofeos de guerra” cuando ya estaban rendidos, reducidos y controlados. No los entrenan para tales actos de deshonor. Por eso, lo de la CIDH no debe asustarnos, el Estado debe responder por su responsabilidad de no haber juzgado a los sombríos “sospechosos” en el fuero civil. Y esa es una legislación a la que no debemos renunciar porque sirve de protección contra Estados abusivos que perpetran crímenes y exculpan a los responsables en las cortes militares, afines a sus miembros, y siempre más manejables políticamente.

Que los “gallinazos” sean juzgados y condenados por lo que les toca, y de paso los Comandos, los verdaderos, podrán volver a vivir en paz y con el reconocimiento que merecen. Pero que no se mezclen los afanes políticos de los grupos que hace años nos quieren fuera de la CIDH para que la justicia quede solo a merced de los fueros nacionales, tantas veces corrompidos, manipulados y envilecidos. Porque en esa residencia no hubo uno, sino 140 Grau.

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Claudia Cisneros

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