Los cambiazos

Un poco más sofisticada que Valdés, la excandidata estrella de las derechas, Lourdes Flores, comparte su visión de que las promesas y compromisos electorales son estratagemas detrás del voto de la gente, que por supuesto tienen distintos intereses y requieren diferentes ofertas, pero que una vez en el poder hay que “cambiar para bien” (LFN), o gobernar para el 100% (OVD), que en buena cuenta significa abandonar a los sectores sociales movilizados en campaña y asimilarse a la posición de los perdedores.

| 20 junio 2012 12:06 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.6k Lecturas
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Ya para la elección de 2001, la pepecista hizo de perdonavidas de Toledo, que buscó polarizar con García para dejarla fuera de carrera, una vez que nombró a PPK como ministro de Economía y puso en el olvido sus promesas de democratización, nueva Constitución y anticorrupción.

Y volvió a hacerlo en el 2006, saludando el giro de Alan de “cambio responsable”, a neoderechista irresponsable, aunque alguna vez advirtió que se había ido “demasiado a la derecha” en un país con tantos problemas sociales. Resumiendo como es la cosa, la Flores anotó ese año que basta que el presidente diga me equivoqué, pero ahora mi posición es otra.

Claro, que estos cambiazos que vienen por lo menos desde Fujimori (1990) y estos perdedores-ganadores, no son cualquiera. Estamos hablando de los que pierden porque ponen su plata, sus medios de comunicación y su influencia, al sostenimiento de la carta que mejor garantiza sus intereses y que no por coincidencia representa la mayor continuidad posible de lo que viene ocurriendo.

Lourdes fue en 2001 y 2006, la “candidata de los ricos” (AGP Dixit), como lo fue Vargas Llosa en 1990 y Keiko Fujimori en el 2011, y por eso perdieron. O sea que los perdedores-ganadores han sido siempre los mismos, porque los ricos pisotearon a los pobres en los 90, y volvieron a hacerlo durante la “transición democrática” de los 2000, que se trocó en desilusión democrática, y está volviendo a repetirse en el exradical Humala, y la gente siempre votó contra ellos.

Como se ve no se necesita de “hojas de ruta”, ni de cuentos de segunda vuelta, para convertir presidentes en lo contrario de lo que eran. Es un proceso mucho más elaborado para mostrar, en el momento debido, dónde está el poder real.

Si no se pudo introducir el miedo en el votante para que no opte por “aventureros peligrosos”, entonces el miedo hay que sembrarlo en el gobernante que mientras más crea que el triunfo se debe a él solo, más posible será convencerlo que el viraje también lo puede hacer por su propia cuenta. En algún instante, ya se sabe, saldrán Alan, Lourdes, Keiko, PPK, Castañeda, a saludar el cambio para bien, la sensatez, la caja de sorpresas, de su antigua bestia negra.

Y uno puede decir: ¿pero, cómo, si todos estos fueron repudiados en las elecciones? Y ahí van a venir las disquisiciones que pretenden que el año pasado ocurrió algo excepcional: que el 31% y la “Gran Transformación” habían demostrado que “no ganaban ni a la Fujimori (¡!); que cuando OHT pactó con la derecha, la izquierda no protestó (como si el tema fuera con la izquierda y no con los electores), que se respeta lo firmado (¿y el respeto a lo ofrecido?), etc. Pero estoy seguro que donde se escuchan las mayores carcajadas no es en la cúpula de los partidos que después de todo ya tienen otro competidor en su terreno, sino en el local de la Confiep.


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Raúl Wiener

POLITIKA

Analista

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