Los Awajún y Wampís y la serpiente de oro

En el mes de noviembre, el río Marañón, la serpiente de oro del entrañable novelista Ciro Alegría, engorda su poderoso cauce y arroja espuma en las muyunas y pongos con las diluviales lluvias que caen como cataratas de los cielos andinos y amazónicos.

| 22 noviembre 2011 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.6k Lecturas
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Desde Santa María de Nieva, la capital de la provincia de Condorcanqui, en la Región Amazonas, se puede ver el potámico espectáculo en que tres ríos, el Marañòn, el Nieva y el Santiago, confluyen sus aguas que cortan la cordillera oriental en el Pongo de Manseriche y cientos de kilómetros más, aguas abajo, alimentan al padre monarca de los ríos, el Amazonas, como cantaba el poeta Pablo Neruda.

En Santa María de Nieva, la capital de la frontera indígena amazónica más importante, ahora tomada por la colonización que prácticamente ha invisibilizado a los Awajún y Wampís y los ha arrojado a la periferia y los suburbios como en otros frentes de colonización en la Amazonía, se han reunido el sábado 19 y domingo 20 más de medio centenar de apus indígenas de las cinco cuencas de la Aguarunía, convocados por el PNUD y el Ministerio del Ambiente en el taller denominado “Primer diálogo participativo sobre el desarrollo sostenible de los pueblos indígenas”.

La Aguarunía, en la actual provincia de Condorcanqui, es el territorio ancestral de los Jíbaro-Jíbaro, sobre todo de los Awajún y Wampís, que resistieron a sangre y fuego las expediciones de incas y españoles. Inconquistables, feroces defensores de su autonomía y libertad, hasta los setentas del siglo XX todavía hostilizaban a los colonos, a los cuales llaman “apach”, que pretendían ingresar a la Aguarunía. Ellos mismos se autodenominan “aents”, o sea, “la gente verdadera”.

A lo largo del siglo XX, la Aguarunía fue, en las palabras de José Carlos Mariátegui, un “espacio colonial” del Departamento de Amazonas, un territorio marginal y de indios. Hoy, como todas las zonas rurales indígenas de la Amazonía, tiene las tasas más altas de desnutrición y pobreza, está bajo la amenaza de los mega proyectos petroleros y de minería aurífera, su riqueza natural está severamente afectada por la extracción irracional, la minería aurífera aluvial e informal se extiende por el Cenepa, el Santiago, el Nieva, el Marañón y otros ríos y sigue siendo víctima del subcentral ismo regional.

Frente a esta dramática problemática, en las mesas de trabajo se plantearon posiblemente los dos temas fundamentales de la agenda y la supervivencia indígenas, tierra y territorio, para enfrentar los riesgos de la neolatifundización de la Amazonía, los procesos expansivos del extractivismo y el neoextractivismo entrando a saco partido por el agua, la energía, la biodiversidad y las tierras, las tablas de salvación del capitalismo global en crisis.

Betty Meggers, la famosa estudiosa estadounidense autora de “La Amazonía, el paraíso ilusorio” escribe que los pueblos indígenas que mejor han resistido los embates de la colonización occidental son los que se asentaron en los valles interfluviales, “tierra adentro”. Es el caso de los Jíbaro-Jíbaro, famosos en el pasado porque reducían la cabeza de sus enemigos.

Le pregunto al líder Awajún, Merino Trigoso Pinedo, conocido en la Aguarunía como Washurú, si todavía se mantiene la práctica ancestral de reducir cabezas.

-Hemos abandonado esa costumbre. Porque además en el Perú ya no hay cabezas que reducir-dice y su risa caudalosa se apaga entre el estruendo de las aguas de la serpiente de oro.


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