Lo que mereces

Jaime es de esos adolescentes que duermen casi todo el domingo creyendo que el sueño es un premio por haber estudiado toda la semana. No se levanta ni para el desayuno de las mañanas dominicales junto a sus padres y almuerza como a las tres (si se despierta).

| 16 agosto 2011 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 775 Lecturas
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El último domingo, sin embargo, apurado por una urgencia fisiológica, se levantó a las once de la mañana y terminó de despertarse al ver un sobre enorme en el piso de su sala con su nombre en letras inmensas.

“¡Mamá! ¡Papá!”, gritó. Estaba solo. Recogió el sobre. “¿Un sobre?”, pensó. Regresó a su cuarto a seguir durmiendo, pero le ganó la curiosidad. Lo abrió y empezó a leer. “Jaime, lee con cuidado. Sé que tú no quisiste hacerme daño, pero lo hiciste y no creas que te perdonaré así por así. No debiste meterte con mi amiga. Eso no se hace. En fin. El viernes en el ‘cole’ me pediste que te perdonara y yo te dije que te iba a costar. Bueno. Ahora mismo sal al jardín de tu casa y levanta la piedra debajo del árbol”.

Jaime obedeció. Debajo de la piedra había otro mensaje. “Así me gusta, Jaime, pero no es suficiente. Ahora, cámbiate ese pijama y anda al toque a pedirle un libro a la chica que atiende en la cafetería frente al ‘cole’. Sí está abierta, Jaime. Anda”.

La mesera de la cafetería le dio un libro en cuya solapa Estrella había escrito. “¿Sabes? Ya no quiero perdonarte. Mentira, mentira. Ahora, Jaime lindo, quiero que vayas al parque donde te vi besando a mi amiga, y habla con el heladero”.

Jaime llegó al parque y no encontró a ningún heladero. “Ñangas, ya me la hizo”, pensó, pero de pronto apareció. “Toma esta vaina, chibolo”, le dijo. “¿Dime, tío, el sobre te lo dio una chica?”. “¿Una chica?, lee nomás”.

Era una carta larguísima. Estrella contaba cómo lo conoció, lo mucho que lo quiere, y lo mucho que sufrió cuando lo vio besando a su amiga en el parque. Así terminaba la carta: “Bueno, ahora anda a la heladería cerca de Plaza Vea de Jesús María, no recuerdo el nombre, pero sé que tú sí lo recuerdas, ¿verdad?

En la heladería, una morenita le entregó el recado. Eran ya las tres de la tarde. “Está bien, Jaime, ahora, por haber hecho exactamente lo que te pedí, anda a la iglesia San José y al frente del templo encontrarás lo que mereces”.

En ese lugar lo esperaba, vestida totalmente de rojo, la amiga de su novia a quien había besado en un momento de locura. Ella le entregó este mensaje: “Ella es lo que mereces, tontita como tú. No me llames, porque jamás te perdonaré por lo que hiciste. Yo te amo, pero fuiste capaz de engañarme con mi amiga. Quédate con ella. Ah, te preguntarás cómo hice para vestirla así. Dile que te cuente”.


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