Lo que le falta a don Artemio

El huaralino don Artemio tiene setenta años de edad y es de esos señores buenos que jamás tienen un momento de sosiego y cuando se toman unas copitas con los amigos dicen sinceramente que en toda su vida no les ha faltado absolutamente nada.

| 09 agosto 2011 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 822 Lecturas
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Sus amigos son testigos de que jamás se ha lamentado ni en los peores tiempos ni ante los problemas que nunca faltan. “En vez de quejarte, trabaja, zonzo”, es su frase favorita ante cualquier lamento de un amigo suyo.

Cuando era joven, las chicas de su cuadra lo molestaban y entre ellas murmuraban: “Miren que ahí viene al que no le falta nada, ahí está el que todo lo tiene, ese al que le dicen el joven alegre”.

Casi nunca se ha enfermado don Artemio y solo recuerda que fue al hospital hace décadas para sacar a su novia de una posta huaralina a la que había llegado desmayada porque le habían dicho que el joven Artemio había sufrido un accidente.

A don Artemio ni los accidentes le hacen daño. Hace poco, una combi en la que venía a Lima chocó contra un poste en la Panamericana Norte. El chofer y el cobrador tuvieron que ser internados en el hospital al igual que una señorita que viajaba al lado de don Artemio, quien quedó totalmente ileso.

Sin embargo, hace unos días, le empezó a doler la cintura y creyó que eran los achaques de la edad. El dolor creció y se vio obligado a ir al hospital. “Anda tranquilo nomás, que todo el mundo va a un hospital. Además, tú jamás has ido ni siquiera para hacerte un chequeo. Eso es malo”, le dijo un amigo suyo al verlo preocupado por el dolor de cintura.

En el hospital, el médico le dijo que no se preocupara, que todo está bien y que siga con los mismos cuidados de siempre para que todo marche bien sin que le afecte lo que le falta. No quiso decir qué le falta. “Lo que me falta”, pensó don Artemio y preguntó.

—¿Doctor y qué me falta?

—Lo que le falta pues, don Artemio, no se haga.

—No le entiendo, doctor.

Sorprendido, el doctor le dijo que le falta un riñón. Setenta años de su vida con un solo riñón. No fue una grata noticia para don Artemio el enterarse de ese modo de su carencia, porque empezó a pensar que podía faltarle algún órgano más y que su vida estaba incompleta.

—Tranquilo, don Artemio, hay miles que solo viven con un riñón. Ah, no le cuente a nadie. Vaya tranquilo, nomás. Es peor que le falte la mitad de su alegría.

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