Llámame el domingo

Cuando la vio en la esquina de la plaza, una tarde de un sol vigoroso, Edwin no hizo otra cosa que sonreír por aquella sorpresa que él esperaba con ansias los treinta últimos años de su vida.

| 14 abril 2012 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.4k Lecturas
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Angélica tenía los mismos aires de dama refinada. Un vestido ligero y negro cubría la esbeltez de su cuerpo cuidado por la disciplina de los ejercicios; sus cabellos tenían el mismo movimiento ondulante y suave de aquella tarde en que ella lo dejó en una calle remota de Surquillo; en fin, sus ademanes eran los mismos y por una extraña razón Edwin sintió que el tiempo no había transcurrido todos esos treinta años.

Edwin se acercó a la mujer de sus sueños con cuidado, todavía dolido por el desplante, y pasó frente a ella y ella no lo reconoció quizá por estar concentrada esperando a su marido que trabaja en una de las oficinas del Estado que bordean la plaza. Edwin no quería que la oportunidad se le escapara y se atrevió a saludarla como quien por esas cosas del destino se encuentra con una viaja amiga.

—Hola, Angélica —dijo con una timidez de adolescente.

Angélica lo miró fijamente a sus ojos tristes. Solo lo miraba tratando de recordar y antes de que volviera a sus veinte años de edad, Edwin dijo algo que le salió de las entrañas:

—Soy Edwin, al que abandonaste hace treinta años porque creíste equivocadamente que te había sido infiel con la cojuda de tu prima.

Angélica recordó perfectamente la escena en que ella lo dejó llorando en plena calle y también recordó a la cojuda de su prima confesando antes de morir hacía doce años que jamás estuvo con Edwin y que había inventado todo por envidia. Quería llorar, pero se contuvo. Llegó a decir: “Edwin, cuántos años han pasado. Qué ha sido de tu vida”.

—Mi vida todo este tiempo ha consistido en buscarte por todos los rincones del mundo y te encuentro en esta plaza pública.

—Espero a mi esposo. Yo también te he buscado, pero me has encontrado tú. Ahí viene mi esposo. Toma mi tarjeta. Llámame el domingo. Me gustaría hablar contigo, Edwin. En serio. Te juro que hablaremos.

—No te vayas.

—Por favor, llámame el domingo por la tarde. Chau, Edwin. No te olvides, llámame el domingo.

Edwin se quedó llorando en la esquina de la plaza viendo como desaparecían ella y su esposo en la calle. Sonó su celular. Era su esposa.


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