Líneas interceptadas

A mí se me hace que el ectoplásmico colega don Juan Paredes Castro ha dejado de no existir con esto de la interceptación telefónica.

| 08 abril 2008 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.2k Lecturas
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Como quien dice: “Me interceptan, luego existo”. Y este certificado de sobrevivencia se lo ha dado un extraño chupón. Veamos.

Fue muy rara la presentación del artilugio que fotografió “El Comercio”: demasiado grande para estar en un poste, demasiado obvio para un operativo clandestino y demasiado lejos (cuatro cuadras) para ser ciento por ciento eficaz.

Quien sepa algo de estos menesteres entenderá lo que estoy tratando de decir. Colocar un armatoste como el exhibido en un poste de la Telefónica es como dar un alarido en medio de la misa. Yo recuerdo perfectamente la sutileza miniaturizada con que, en la época de Fujimori, nos chuponeaban las líneas y nos grababan en los famosos cidís que denunció Rossana Cueva en Canal 2.

Más extraño es que “El Comercio” diga que el descubrimiento de tamaño aparato ocurrió “un mes después” del barrido electrónico periódico que la empresa en cuestión manda a hacer en las líneas de su personal. ¿Un mes después y recién lo denuncian? ¿O lo que han querido decir es que se han demorado un mes entre la detección de la interceptación y el descubrimiento de esa antigualla adherida a un vulgar poste? Suena muy raro.

Pero hay otro enigma. En la presentación de la denuncia, “El Comercio” señala lo siguiente: “Si bien se ha podido confirmar la interceptación telefónica, no se ha podido determinar cómo operaba el aparato transmisor-receptor…”

¿Qué cosa? ¿Y si no saben cómo es que funciona, cómo pueden saber cómo intercepta? ¿Y si no saben cómo intercepta, cómo pueden decir que la interceptación telefónica “está confirmada”? O sigue habiendo en esa redacción redactores jalados en el Bausate y Meza, o las cosas no están del todo claras.

Tampoco sabe “El Comercio” si detrás de ese sistema de escucha “había una persona en permanente posición de control de las comunicaciones o si estas eran seguidas a través del hilo telefónico e inclusive grabadas y revisadas periódicamente por todo un equipo de espionaje”. Linda forma de hacer periodismo de investigación: como no sé nada en concreto, puedo imaginar lo que sea. ¿Y la Unidad de Investigación, esa maravilla?

Quizás más curioso sea el hecho de que “El Comercio” no nos haya mostrado hasta ahora la secuencia de fotos que nos hubiese ilustrado, espectacularmente, en relación al desmontaje del interceptor. En efecto, el diario del elusivo señor Paredes apunta en su edición del domingo (página a-10): “Detectada la interceptación, se procedió a descolgar el aparato que se observa en la foto. Se desconoce cuándo fue instalado”.

Dos cosas al respecto. ¿No hubiera sido de lo más periodístico mostrarnos una foto del momento en que los técnicos, subidos en ­una escalera telescópica, se tropiezan con el grosero artefacto y lo señalan con un dedo o lo exhiben con una sonrisa de satisfacción? ¿Y el tele de 500, es que no se usa? Y en segundo lugar: ¿Cómo es posible que “El Comercio” diga “se desconoce cuándo fue instalado” si, al mismo tiempo, afirma que hace barridos periódicos en su red de comunicación telefónica? ¿No debió decirnos que la tal cosa de plástico negro con facha de celular viejísimo fue instalada después de la última inspección de fecha tal? Porque –repito– es el mismo diario el que subraya que la limpieza de sus teléfonos “constituye una práctica empresarial periódica de prevención”.

Fujimori interceptaba a quienes le hacían daño. La Stasi cableaba a los enemigos de la RDA. El gaucho Cisneros mandó chuponear a Carlos Malpica o a Javier Diez Canseco. Y si Bush quisiera interceptar algún teléfono ese sería el de Michael Moore, no el de Rupert Murdoch.

Es decir, se quiere escuchar lo que dice el adversario –o sea el enemigo todavía tímido–, o lo que planea o conspira el ­enemigo –o sea el adversario que se juega entero–. Pero nadie intercepta a quien le es ­afín, a quien patea hacia el mismo arco, a quien rema en la misma dirección. Y nadie puede decir que “El Comercio” no es amigo de este régimen. Y nadie puede extrañarse de que un diario conservador apoye, por razones teóricas y prácticas, al gobierno que le da en la yema del gusto y al Presidente de ese gobierno que, además, escribe en sus páginas.

Por lo tanto, casi descartado el gobierno, por más que sus voceros le hayan hecho el favor a “El Comercio” anunciando una investigación a fondo hecha por un “equipo polivalente” (Alva Castro habla así). Y digo favor porque no hay mayor favor que decirle a un diario pro gubernamental que no lo es; y que no lo es al punto de que sus teléfonos podrían estar intervenidos por alguna instancia oficial.

Si descartáramos al gobierno contiguo y amical, ¿po­drían ser algunos narcotraficantes afectados por algunas investigaciones? Es posible, pero en ese caso los interceptados tendrían que ser los que llevan a cabo esas pesquisas y no el editor de Política, entregado a menesteres más previsibles y a diálogos con ministros, congresistas y empresarios.

Entonces, ¿podría ser espionaje industrial? Pero resulta que Pedro Beltrán murió hace muchos años y hoy por hoy no hay empresa que le haga sombra al poderoso holding de “El Comercio”. Y, además, ¿qué secretos puede manejar don Juan Paredes, translúcido como una sábana de seda? A no ser que sea espionaje industrial de carambola, o sea para espiar los planes de Graña y Montero o Lan, dos empresas con harta influencia en el decano de la prensa peruana. Pero esto es muy poco probable.

Don Juan Paredes se ha descrito en RPP como “perseguible por mi línea”.

La línea personal de Juan Paredes, como se sabe, es de una delgadez que linda con la invisibilidad. Lo único que queda claro después de masticar la sancochada pechuga de pavo de sus columnas es que el hombre practica la continencia del pensamiento, el fakirismo de la prosa, y una suerte de mesura extrema que llega a confundirse con la abstención permanente. Para decirlo con todas sus letras: uno termina de leer una columna de Juan Paredes sólo enyesado en una clínica. Y su estilo tiene un inmenso parecido al peinado de Bardem en la película del Oscar. De modo que no me ­imagino quién puede estar detrás de tan chusca “operación encubierta”. A no ser que las conversaciones de don Juan no se parezcan en nada a lo que escribe y sean la mar de sorprendentes. Pero eso tampoco parece verosímil.

En todo caso, espero que las investigaciones sean serias y que sus resultados –sean cuales fueren– se publiquen. Si la interceptación se comprobara espero también que sus responsables terminen en la cárcel. Algo me dice, sin embargo, que dentro de un tiempo saldrá Alva Castro a decir que se ha comprobado el chuponeo pero que éste no ha venido de ninguna esfera oficial. “Deben ser organizaciones criminales ligadas al narcotráfico” –me ­atrevo a decir que dirá–. Pero no podrá explicar, entonces, por qué los teléfonos de Ramírez o de O’Brien no fueron los infectados.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista

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