Lengua muerta

“Deleitó a los asistentes” dice la leyenda de una foto puesta en un blog de La Católica.

Los lugares comunes, las barrabasadas idiomáticas, el uso patológico de la ambigüedad se han impuesto en las comunicaciones.

| 28 noviembre 2009 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.4k Lecturas
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Están en boca de locutores, cronistas, enviados especiales, políticos, economistas y hasta educadores. Cunden en la prosa con siyau de los periódicos y, por supuesto, pueblan los documentos oficiales, los editoriales serios y hasta los considerandos de las leyes.

Gracias a los lugares comunes los términos son “de referencia” o “de intercambio”, los ajustes son “de cuentas” y los suicidas tomaron “una drástica decisión”.

Se ha puesto de moda decir “alertas tempranas”, como si las alertas remolonas fuesen alertas. Y el bárbaro “aperturar” uno lo puede escuchar hasta en el programa de Jimena de la Quintana.

Los choques cruentos y fatales terminan siempre en “un amasijo de fierros retorcidos”. Y cuando un río se sale de cauce y daña las riberas siempre se habla de “la furia de la naturaleza”.

A cualquier manganzón se le despide “dándosele las gracias por los servicios prestados”. Y sólo se requiere estar muy viejo y no haber matado a alguien para merecer aquella frase: “permanente ejemplo de peruanidad”. O esta otra, aún peor: “con honda vocación de servicio”.

Los crímenes de ámbito doméstico suelen perpetrarlos gente que la prensa describe como “presa de los celos”. Y cuando habla algún general de la policía la crónica respectiva deberá de incluir, inexorablemente, la frase “instó a cerrar filas”.

Las “trabajadoras sexuales” son las que antes se llamaban, castizamente, putas y los que padecen una avería cognitiva –digna de toda compasión y de la mayor de las ternuras, dicho sea de paso- es que “tienen habilidades diferentes”.

Cuando el Estado gringo da un maquinazo que hubiese significado la quiebra de un país normal es que “se ha ejecutado un gigantesco plan de estímulo fiscal”. Y cuando la Sunat nuestra roba como loca entonces sale un nerd con cara de pinche de la riquería y dice que “la presión tributaria se está incrementando positivamente”.

Hay comentaristas que llaman a las piedras y a los insultos lanzados por las tribus futbolísticas “miedo escénico” y señoritas que en vivo y en directo sueltan una frase como “en su bolsillo del abogado”.

Y no es que los bonos se vendan, como siempre: se “colocan”. Y no es que las bolsas pierdan un día: es que “ceden”. Y no es que General Motors quiebre: es que “es parte del plan de emergencia y recuperación del presidente Obama”.

De modo que al ejército invasor de Irak hay que llamarlo “la coalición”, a la guerra allí librada por el segundo Bush “Operación Libertad Iraquí”, y a la soldadesca que mata en Afganistán “Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad” (ISAF). Y a los negocios de Halliburton, del criminal Cheney, hay que llamarlos “la reconstrucción de Irak”. Y a los niños asesinados en Gaza por el ejército del aire de Israel tenemos que llamarlos “daño colateral”.

Y así vamos matando el sentido de las palabras, relativizando el crimen, prostituyendo la palabra luego de prostituir el planeta.

Los filósofos de la ambigüedad están felices. Detrás de sus naderías somníferas no hay nada sino encubrimiento, pero nadie puede quitarles el mérito de haber tenido un clamoroso éxito en esto de preparar a los jóvenes para la resignación.

Un mundo como este necesitaba un lenguaje en el que todo estuviese trastocado.

Para el gobierno mediático y global que las corporaciones han construido era imprescindible que, como Orwell lo imaginó, la verdad fuese mentira, la mentira simulase ser erudición, la duda se filtrase en cada párrafo y la ira fuese exiliada como “sobra sesentera y radical”.

Para un mundo que fomenta y que casi exige la idiotez, qué mejor que unos sociólogos que no se pronuncien, una prensa metida en la danza y un lenguaje uniforme y enfermo de eufemismos. Una lengua muerta en la guerra que perdimos.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista