Leguizamón y los poderosos

A ese señor Leguizamón la San Martín lo ha echado no por insultar a una árbitra especialista en meter la pata sino por decirnos la verdad: que tenemos una liga mediocre, un fútbol ceniciento, una historia riquísima en fracasos. Es que a Leguizamón lo contrataron como pelotero y no como biógrafo de esa farsa que algunos llaman “fúbol peruano”.

| 10 abril 2008 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.1k Lecturas
2192

Por supuesto que las feministas profesionales –o sea las que se afeitan con su prestobarba de doble acción– ya se apropiaron del acontecimiento y exhiben la cabeza de Leguizamón en una bandeja que chorrea sangre. La señora ministra de la mujer fue la primera en llegar a la escena del crimen para decir lo suyo y para sacar la cara “por todas las mujeres del Perú”. Esta señora no era huachafa pero el Apra la ha corregido y hoy podría hacer dúo con la del dedo meñique, cómo no.

La señorita árbitra vejada, que es muy guapa y que no creo que padezca de ninguna punzante omisión como insinuó procazmente el muy tatuado señor Leguizamón, ultraja ella misma el reglamento con su incompetencia. Pero sobre eso pocos hablan. Hasta un señor famoso por su sinceridad, que antes se apartaba de los rebaños, hoy se amista con los corifeos y suelta su lugar común como si hiciera honor a su chapa de hermano menor de Carlota.

Leguizamón hizo muy mal, eso está claro. Pero un desmán de palabra se castiga con dos fechas y una quincena de sueldo. Su expulsión se debe, como decía, al hecho de recordarnos que ya hemos cumplido nuestras bodas de plata (con yapa) de no ir a un Mundial. Y todo indica que en esa autoproscripción persistiremos, lo diga o no lo diga Leguizamón. Porque nuestro fútbol se pudrió cuando el empresariado lumpen lo empezó a dirigir en armonía con los dirigentes de prontuario que nunca se van. Y cuando, además, los jugadores empezaron a salir, casi exclusivamente, de las covachas que pueblan la miseria del Perú. Dirigentes de juzgado de guardia más futbolistas muy próximos al eslabón perdido dan como resultado que siempre pierdes en los momentos decisivos. Peor aún si consideramos que lo poco bueno que brota de estas tierras es de inmediato vendido al extranjero. ¡Hasta el fútbol lo hemos reprimarizado!

Como decía, las feministas están felices. Y lo que no saben es que hace rato que aburren con sus banderolas orales, su picapica doctrinero y su demagogia en calzón de hojalata. Cuando la conquistada igualdad las hiere, como en este caso –los insultos y las provocaciones abundan en el mar de adrenalina que es el fútbol–, entonces le sacan tarjeta roja a la igualdad y exigen el regreso de la antigua desigualdad tipo José Antonio de Chabuca Granda. Y la ministra, la misma que no dijo nada cuando la señora Pilar Nores masticó en público el Godzilla del doctor García y su flamante vástago, sale a decir “ni con el pétalo de una rosa”, “qué tal lisura”, “¿qué se habrán creído” y todo lo que puede decir una maruja que va a escuchar misa en la iglesia falsamente gótica de San José.

A las feministas les está ­ocurriendo lo que a los homosexuales: han empezado a ­aburrir. Y esto que feministas y homosexuales integran los grupos de presión no económicos más poderosos del país. Abundan en la política, se multiplicaron en un partido que dice proceder de Atenas pero que más parece una Roma decadente, son los parafraseados ejércitos de la noche en busca de un dulce castigo. Es decir, están hasta en la sopa y han logrado en las últimas décadas las mayores y más legítimas conquistas de su pliego de reclamos. Pero nada parece saciarlos. Y en cuanto a los falófilos, estoy seguro de que no pararán hasta lograr el sueño que Jaime Bayly acaba de revelar como ­idea fija de su colectivo: poder casarse de blanco con algún caballero en la mismísima Catedral.

Aburren las señoras que habrían fusilado a Freud por ­aquello de la envidia in extenso de ese apéndice siempre disputado. Aburren las señoras que aman a las señoras y que representan dizque al género que parecen detestar. Aburren las lesbianas quejándose muchas veces de algún agravio imaginado. ­Aburren las locas de la diplomacia, las aerolocas de las líneas de aviación, las locas rencorosas con poder mediático, las locas fruncidas que tuvieron poder. Y no hay que ser homófobo con pistola al cinto para decir que la dictadura gay que hoy se impone en buena parte de la prensa mundial es tan repulsiva como lo era la dictadura machista a lo John Wayne. Entre locas cada vez más poderosas y feministas con cara de camionero haciendo fila para el almuerzo, vamos a empezar a creer que ser modestamente heterosexual, que desear al ­otro sexo, que aspirar a la mujer de tu prójimo, es un pecado contranatura y una carencia de sofisticación. Ser hétero ya casi da vergüenza.

Porque ahora nos han convencido de que prácticamente lo mejor que puede sucederle a un niñito (a) es tener dos papis con pichula bajo la misma ducha o dos mamis al hilo meciéndole la cuna a cuatro manos. Ya está bueno.


¿Quieres debatir este artículo? prueba abriendo un tema en nuestros foros.

En este artículo: |


...

César Hildebrandt

Opinión

Columnista