Lecciones de la rebelión de Cajamarca

En ninguna de las dos etapas de la campaña electoral dijo el Sr. Ollanta Humala que su promesa de “gran transformación” dependía de mantener los contratos de las empresas mineras. Por el contrario, para ganar votos prometió agua sí, oro no.

| 03 diciembre 2011 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.8k Lecturas
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Por decir eso las empresas mineras lo consideraron como una encarnación del demonio chavista y terrorista. En el séptimo día de paralización general, el rechazo al proyecto minero Conga en Cajamarca se multiplica por todas partes y el paso a un rechazo regional parece inminente. La ola de protesta creció tanto y más que el voto por Humala. Esos votantes y otros miles que apoyaron a los otros partidos están ahora dando su opinión de la única manera que existe en el país para ser oídos: con paros puntuales -luego indefinidos-, bloqueos de carreteras y abierta confrontación con el gobierno.

El presidente Humala y sus sabios consejeros no aprendieron lección alguna desde el llamado arequipazo contra Alejandro Toledo en 2011, y las rebeliones contra Alan García en Bagua y en Puno. Olvidaron las promesas más importantes a sus electores y prefirieron seguir la inercia de acomodarse en el gobierno para tratar de ocupar algunas parcelas del poder y, para eso, no hacer olas, volverse prudentes, amarrarse los cuellos con corbatas, cambiar de vestuario, tratar de aparecer más simpáticos en los medios de comunicación, particularmente en Hola, Ellos y Ellas y Somos, y, finalmente, parecerse menos a los habitantes de Cajamarca, de Puquio, Oyolo, o de Villa El Salvador. Por el momento, Conga no va y el pueblo de Cajamarca espera un decreto oficial diciendo simplemente, no va. No se trata de una minoría subversiva. Si alguna de las encuestadoras preguntase sobre el tema, estoy seguro que como en Tambo Grande, en Piura, el 98 % diría: no va. Pero esa opinión no cuenta para las encuestadoras, tampoco para quienes las pagan y, menos, para los dueños de las grandes empresas mineras.

Gracias a una “filtración” y no a una práctica democrática de información, pudimos enterarnos de que la intención del proyecto Conga implica vaciar las lagunas, llenarlas de relave, y envenenar el sistema hídrico que a través de una maravillosa red subterránea alimenta los manantiales, lagunas, y bofedales. Antes de decir tonterías como esa de pasar el agua de una laguna a un reservorio sin dañar las cuencas como si se tratase de cambiar de tinas de agua, los ideólogos de la pobre derecha debieran saber que las filtraciones de agua por todas partes es uno de los mayores peligros de la propia explotación minera.

Si el gobierno acepta esa barbaridad de llamar “cosa juzgada” a la opinión de los funcionarios del gobierno aprista que aprobaron el Estudio de Impacto Ambiental para dañar las cuencas, conseguirá que el ejemplo de Cajamarca se multiplique por todo el país, con réplicas más fuertes luego del gran movimiento subterráneo en Bagua. Si hay aún alguna reserva de sensatez política en las altas esferas del gobierno, el presidente Humala podría dar dos pasos para salir bien librado del gravísimo momento en el que se encuentra: de un lado, revisar los contratos con las grandes empresas multinacionales para cambiar las proporciones de distribución de la torta y, de otro, crear una instancia muy fuerte dentro del Ministerio del Ambiente para evaluar los proyectos de inversión con toda firmeza y evitar que destruyan la Amazonía y las cuencas de ríos en los Andes y en la Costa. Eso es lo que las peruanas y peruanos de abajo llamamos defensa de la Pacha Mama. No se trata de una superstición ni de una ficción como la de Adán y Eva, sino de una convicción profunda que tiene sentido y razón. Para ir por ese rumbo solo hace falta oír y tener en cuenta lo que los pueblos dicen. No hacerlo equivale a querer apagar los incendios con gasolina. Si ahora, Humala cambiase de caballos a mitad del río el apoyo popular a su gobierno se multiplicaría como las ganancias de las empresas mineras multinacionales en los últimos 20 años.

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Rodrigo Montoya Rojas

“Navegar Río Arriba”