Lecciones del fútbol

Perdemos cuando tenemos que ganar.

Ganamos cuando ya no tenemos nada que perder.

Me refiero al fútbol, claro está.

Por Diario La Primera | 06 setiembre 2009 |  1.7k 
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¿Pero no es que el fútbol nos encarna y representa?

Chemo del Solar, por ejemplo, es lo que en política se llamaría “carecer de una estrategia”.

La Federación de Fútbol, con su ceguera absoluta, equivale a la inexistencia de la planificación en nuestros asuntos de Estado.

A nuestros jugadores les suele aplastar la responsabilidad, la exigencia del deber. Igual que a la casi totalidad de nuestros políticos.

Ayer, ante Uruguay, ya estábamos muertos en cuanto a aspiraciones. Por eso jugamos con tranquilidad y casi con guapeza.

No era necesario ganar. Por eso ganamos.

Es que el deber es una carga insoportable para el peruano promedio.

¿Por qué somos así?

¿De dónde nos viene esta pobreza de ánimo? ¿De cuál de las derrotas?

Hay otros ejemplos familiares.

Viene una periodista española de tercera, una señorita conocida en la prensa del corazón -que en España puede ser y es también una basura-, y los periódicos se le rinden, las radios se le abren, las televisiones la veneran.

Y esta bella y banal criatura, este chisme viviente, viene y pretende dar lecciones de periodismo, de ética de las comunicaciones.

Y lo que dice es que ella no tiene ningún juicio por difamación pendiente y que por eso nadie puede mirarla mal ni alzarle la voz.

Pero sucede que esta señorita levemente dotada se hizo famosa en un programa que sí tiene juicios por difamación. Y los tiene a puñados, a borbotones.

Y los tiene porque es antología excrementicia de la invasión del dormitorio ajeno, del rumor maligno, de la especulación de burdel, del tablao flamenco con pichi de gato, de los polvos de todas las pantojas que en el mundo han sido.

Yo lo he visto alguna vez y puedo decir que, frente a él, la señora Medina podría postular al premio de la moderación. He visto a machos cabríos contando, por dinero, las intimidades más rasuradas de sus mujeres y he visto a mujeres, drogadas por el cheque, hablando de la flacidez insatisfactoria de sus amantes más recientes.

Y esta señorita, que ha sido panelista de semejante esperpento, viene a Lima y es tratada como si fuera Rosa Chacel, como si fuera Ana María Matute, como si en algo se pareciera a Carmen Laforet.

Porque así somos los peruanos muchas veces.

Nos fascinan las historias que comienzan con una buscona emboscando a un gerente palurdo. Y que terminan con una Maritornes prensada vestida de monja y hablando de la castidad.

Ganamos cuando ya de nada vale. Valoramos lo que, generosamente, podría cotizarse en cinco céntimos.

Referencia
Propia



    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista

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