¿Le molestó la caricatura? Lástima…

Un famoso político criollo decía, con mucho humor, que para hacer política en serio debía aprenderse en primer lugar a “tragar sapos y mascar tachuelas”, lo que podría interpretarse como que los políticos que no soportan una situación incómoda… mejor debieran retirarse de la vida pública.

| 28 abril 2013 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 3.5k Lecturas
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La intolerancia ante el humor es muy rara en la política y esto es histórico, desde los tiempos muy antiguos en que alguien reconocía y trazaba los rasgos físicos de una persona y los exageraba exponiéndolos luego a la carcajada pública.

Después surgiría la caricatura con leyenda, es decir, la combinación de dibujo con sátira, aplicados ambos a una situación política con un texto de tipo variado, pero en código fácilmente perceptible, reconocible. Conociendo el contexto, no hará falta más explicación y si la crítica que conlleva es acertada, la carcajada será la recompensa del caricaturista.

Pero, ¿qué sucede si al personaje caricaturizado no le gusta, le molesta, le desagrada la expresión crítica del dibujo?

Los gobiernos autoritarios aborrecen la caricatura y sencillamente la prohíben. En los espacios democráticos que tenemos es posible burlarse de la política y los políticos sin más trámite que apelar a la libertad de expresión.

La intolerancia puede ser también religiosa. Recuérdese la reacción violenta de fanáticos del Islam cuando una revista nórdica publicó una presunta caricatura de Mahoma (“presunta” porque nadie tiene idea de cómo era Mahoma). Los dibujantes se jugaron entonces la vida al insistir en su derecho a burlarse incluso del fundador del Islam.



¿CÓMO SE RECTIFICA UNA CARICATURA?
Hace unos años, el conocido dibujante, arquitecto, caricaturista Carlos “Carlín” Tovar le tomó el pelo a una mujer presentándola como fujimorista.

Y doña Gladys Barboza, funcionaria de Migraciones, se dio por aludida, es decir, afirmó que aquella dama caricaturizada era ella y sin más trámite enjuició al crítico dibujante, logrando una sentencia de dos años de cárcel “por difamación” que luego fue rectificada.

Y hace poco, una de las operadoras políticas del proceso de pedido de revocatoria de la alcaldesa exigió a Alonso Núñez, de “El Comercio”, que rectifique una caricatura en que ella se reconocía como la mujer que recibía, o entregaba, un fajo de dólares a otros de los operadores de dicho proceso.

Doña Patricia Juárez dijo que ella era esa mujer y envió una dura carta al diario haciendo referencia al dibujo de Núñez publicado el 17 de marzo.

El tema provocó inmediatamente discusiones y reflexiones entre los artistas de la pluma que se especializan en tomar el pelo, generalmente con crueldad, a los personajes de la actualidad.

Precisamente Alonso Núñez, Mario Molina y Javier Prado hicieron una exposición de sus trabajos en mayo del 2010 y la muestra se llamó “No vale picarse”.

Y la verdad es que es muy raro que un caricaturizado reaccione como la señora Juárez, que en su carta dice, por ejemplo, que “la malhadada caricatura me presenta como una mercenaria, condición que rechazo de manera categórica”.

OTRA VEZ
Núñez le contestó explicándole que una caricatura es “una opinión sin palabras, con imágenes, símbolos, alegorías, gestos, metáforas, con licencias que solo en el lenguaje artístico se pueden dar” y de yapa le dijo más adelante “En mi dibujo no la he querido calificar de ‘mercenaria’ pero usted lo ha interpretado así”. Y como todo un caballero arequipeño y con finísima ironía le pidió disculpas “ante el hecho concreto que se sienta agraviada”.

Lo interesante es que pocas semanas después, nada menos que el venerable presidente de la Corte Suprema, Enrique Mendoza, ha anunciado que pedirá al citado “Carlín” que rectifique la caricatura que aparentemente lo muestra luciendo la estrella aprista junto con los demás jueces supremos. “Si no se rectifica, lo denuncio” amenazó, arrancando risas porque en el dibujo no se menciona su nombre, pero él ha creído reconocerse en uno de aquellos personajes.

Lo único que le queda al juez es repetir el título de uno de los libros de Tovar: “¡Basta ya, Carlín!”


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Juan Gargurevich

Opinión

Columnista