Las zapatillas

Esa mañana en la que apareció un par de zapatillas deportivas blancas en la sala de los Rodríguez, los integrantes de esta familia (papá, mamá, hijo mayor e hija menor) estaban tan peleados que no se hablaban.

| 20 junio 2012 12:06 AM | Columnistas y Colaboradores | 833 Lecturas
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El primero de la familia que vio las zapatillas en la sala fue el padre y pensó que su esposa había quebrado el presupuesto familiar para comprarlas a fin de hacer ejercicios porque se dio cuenta que estaba gorda. “En qué andará, que quiere adelgazar”, pensó.

La hija menor fue la segunda en ver las zapatillas y creyó que el maldito de su hermano mayor había convencido a sus padres para que se las compraran y que él las dejó adrede en la sala para sacarle pica. “Estos viejos siempre han tenido su preferido”, pensó.

La señora de la casa creyó que las zapatillas eran del esposo y que las dejó en la sala para decirle de una forma sutil que él estaba dispuesto a hacer deporte. “Seguro se dio cuenta de que he subido de peso, el muy idiota”, pensó.

El hijo de la familia se puso las zapatillas. “Que me diga algo la maldita de mi hermana para enrostrarle sus verdades”, pensó. Pero como ella no le dijo nada, se las quitó y las dejó en el sofá.

Nadie dijo nada sobre las zapatillas.

La familia tomó desayuno sin conversar; almorzó sin conversar; y, en la cena, el papá dijo: “Hay que procurar gastar el dinero solo en lo necesario”. “Yo digo lo mismo”, contestó la señora.

“Ya, no se hagan, que ustedes le compraron las zapatillas a la monga”, dijo el hijo mayor y ella replicó: “Oye, estúpido, a mí ellos no me compran nada hace tiempo y esas zapatillas deben ser tuyas, porque yo tengo buen gusto”.

La madre se levantó de la mesa y se encerró en la cocina. El padre entró a su cuarto a ver televisión y los hermanos siguieron discutiendo airadamente por más de dos horas.

Al día siguiente, el padre quiso coger las zapatillas pero ya no estaban y pensó que su esposa las había escondido. El hijo mayor también quiso coger las zapatillas y como no estaban pensó: “Maldita monga, me ganaste”.

La hija menor vio desde la ventana de su cuarto en el segundo piso que un niño se llevaba las zapatillas y no dijo nada porque creyó que su padre se las había regalado.

Al día siguiente, durante el desayuno, nadie preguntó sobre las zapatillas. Nadie preguntó quién era el niño que se las llevó. Nadie preguntó quién las compró. Pero extrañamente empezaron hablar de cualquier cosa, y hasta se rieron con una broma tonta que hizo el padre.


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