Las relaciones de América Latina con Estados Unidos

A partir de la segunda década del siglo XIX, agotada la posibilidad de la integración latinoamericana en una “Nación de Repúblicas”, el destino internacional de América Latina se vinculó estructuralmente al papel regional y mundial de Estados Unidos. Ha sido y es una relación compleja que no puede ser explicada solamente por los vínculos formales de gobierno a gobierno, pues desde esa época en ella se han comprometido los intereses de los pueblos y de una amplia diversidad de actores económicos, sociales y políticos.

| 26 enero 2009 12:01 AM | Columnistas y Colaboradores | 857 Lecturas
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Por eso ha sido y es una relación internacional societal que va mucho más allá de las interacciones oficiales. Ha sido y es una relación difícil, compleja, plena de contradicciones. Una relación en la que las dinámicas de la cooperación y conflicto han sido expresiones de una misma realidad, muy influenciadas por condicionamientos ideológicos.

Desde finales del siglo XIX hasta 1945 las relaciones se tensaron en la dicotomía aparentemente excluyente “latinoamericanismo-panamericanismo”. Y, a partir de la segunda guerra mundial, en la confrontación, propia de la guerra fría, “capitalismo-socialismo” con las contradicciones derivadas de “nacionalismo-imperialismo” y “reforma o revolución-statu quo”. El carácter conflictivo de estas dicotomías opuso o vinculó, según el caso, a gobiernos y fuerzas políticas internas. En la fase de distensión de la guerra fría surgieron políticas exteriores menos maniqueas, administraciones más pragmáticas y autónomas. Se abrieron espacios racionales y razonables de mutua conveniencia.

Con el fin de la guerra fría la desaparición de la contradicción “socialismo-capitalismo” y la difusión de la democracia, los derechos humanos, el desarrollo sustentable y la cohesión social como valores compartidos por vastos sectores de las sociedad en Estados Unidos y América Latina, propició -quizás por primera vez en la historia- la posibilidad de construir relaciones positivas y constructivas sin la prevalencia de conflictos ideológicos antagónicos.

La diplomacia de Bill Clinton reflejó en gran medida esta evolución. Pero el neoconservadurismo de Bush pasó las relaciones interamericanas por el “túnel del tiempo”, retrotrayéndolas a niveles de conflictividad y diferenciación de intereses propios de la guerra fría. Con Barack Obama resurgen los espacios de una nueva relación histórica, basada en la democracia, los derechos humanos, la equidad social, la lucha contra la desigualdad y el respeto de las identidades nacionales de parte y parte. Los Estados Unidos son un actor interno de la política latinoamericana, como en Europa, Asia o África. Son además un mercado indispensable y un referente de la diplomacia regional. Una saludable y conveniente asociación con autonomía es el desafío del nuevo siglo.

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Manuel Rodríguez Cuadros

Opinión

Columnista