Las palabras, las lecturas y las cosas

La precipitación de la censura promovida por la congresista Mercedes Cabanillas al texto de ciencias sociales publicado por el Ministerio de Educación, atribuible al parecer a su reconocible animadversión por el viceministro Vexler –perceptible ya desde la anterior gestión de éste-, la condujo pronto a atenuar aquella denuncia en tanto la responsabilidad técnica debía más bien corresponder al hoy dirigente aprista –antes secretario general del grupo maoísta Trinchera Roja- Agustín Haya de la Torre, mientras la responsabilidad política, obviamente, debía recaer en el ministro Chang, reciente comprador de la casa de playa que Alan García negara tener. Pero, más allá de este anecdótico enredo, en tanto lo censurado en aquel texto remitía a datos presentados por el informe de la CVR, tal censura vino a sumarse al impúdico coro de calumnias lanzadas contra aquel informe en el quinto aniversario de su presentación, todas ellas con un común denominador: una lectura evidentemente sesgada –por tanto mal hecha- del texto correspondiente; pésima señal, proviniendo del sector gobernante, encargado de conducir un país suficientemente abrumado por indicadores que dan cuenta de un pobre desempeño de nuestra población en comprensión lectora.

Por Diario La Primera | 09 set 2008 |    

Lo más preocupante de esto es que toda aquella calumnia trasunta el inocultable deseo de proscribir –si pudieran- aquellos textos, como si con ello quedara igualmente proscrita la realidad de la que dan cuenta y borrada su memoria. El espejismo del poder los lleva a confundir los deseos con la realidad, como si ésta pudiera trastocarse sin más por la arbitraria administración de las palabras; como si la tragedia colectiva que aún arrastramos quedara taumatúrgicamente comprendida sino diluida con proscribir palabras incómodas –“conflicto”, “guerra”, “actores políticos”, “etnocidio”, “derechos humanos”- o atribuyéndola a una gavilla de delincuentes sin horizonte político alguno, tal como se dijo con increíble ceguera en los inicios de aquella tragedia que bien pudo haberse evitado de no interponerse, entonces como hoy, aquella nefasta voluntad de negar la verdad. Si de lo que se trata en la tarea educativa –ya suficientemente desatendida entre nosotros- es de facilitar la comprensión de la realidad en que vivimos, mal favor le hace aquella insensata e indolente actitud censora.


    Zenón Depaz Toledo

    Zenón Depaz Toledo

    Opinión

    Columnista