Las odiosas y duraderas desigualdades que genera la corrupción

Dentro del inmenso daño que causa la corrupción a la sociedad, uno de los más perjudiciales, porque da pie a una perpetuación de la injusticia y del desprecio por el país, es el de la desigualdad que se genera en la descendencia de quienes se comportaron impropiamente robándose la plata que correspondía al colectivo y de quienes, por el contrario, respetuosos de los demás, siguieron las reglas de conducta que permitían que la comunidad se desarrollara en su conjunto y que lo que era caudal público destinado para todos, le proporcionara ese bienestar a la sociedad en su conjunto.

| 16 noviembre 2011 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 820 Lecturas
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Hoy en día en que la educación de calidad está asociada al alto costo de la misma y en donde se marcan diferencias en razón de la información que uno pueda recibir y los contactos que se pueden hacer en el curso de la vida, así como también cuando el capital para el emprendimiento de negocios es central para el desarrollo de cada ser humano, nos damos con que, en ambos rubros, los hijos de los corruptos tienen una ventaja difícil de remontar para los vástagos de quienes debieron estudiar en universidades menos equipadas y debieron de iniciar su vida laboral como dependientes de la voluntad de los propietarios.

Vale decir, la honradez de los ascendientes los hizo a sus hijos y nietos dependientes del querer de los que son familia de los corruptos, sólo que en esta nueva y posterior oportunidad estos jóvenes de vergonzosa ascendencia se presentarán como señores y posiblemente ya no se discuta el origen de ese dinero sucio del que aprovecharon, y que seguirán disfrutando por generaciones quienes ya pueden, desde el comienzo, poner una industria o instalar un gran comercio o incluso abrir alguna consultora asociada a las del extranjero.

Es tremendamente lacerante que desde la orilla de la honestidad, los padres que se condujeron con bien vean también cómo esos jóvenes cuyos padres no tuvieron escrúpulos, terminan decidiendo de alguna forma sobre el destino de sus hijos que recibieron una educación en valores que se demuestra luego que cuentan poco a la hora de las realidades materiales y del bienestar al que todos tienen derecho.

Claro que los hijos de la gente honesta podrán mirar en los ojos al resto del mundo, pero tal vez les sirva poco a los efectos prácticos de darles a su vez a sus propios hijos la más completa información que ellos no pudieron tener por la honradez de sus padres.

De esta forma se perpetúa la injusticia, se hace más grave el daño y se debilita el buen ánimo ciudadano que ve como se reproduce con lenidad este atropello.

Es necesario por ello que se encuentren fórmulas por las que, sin hacer a los hijos culpables por lo que hicieron los padres, no se perpetúe esa desigualdad que se crearon a costa de la esperanza de los honrados.

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Alberto Borea Odría

Palabra Autorizada