Las mujeres arriba

Qué bueno es ver a las mujeres del vóleibol –niñas, adolescentes o adultas- demostrando que al Perú lo que le hace falta es que el hembraje dé un golpe de Estado y acabe con el machismo enfermo que termina en Burga y en Oblitas, en Chemo y Tongo, en Momón y Montesinos.

| 10 julio 2009 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.1k Lecturas
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El 2011 tendría que ser el año de la reparación y de la elección de una presidenta. Claro, no estoy hablando de mujeres como Lourdes Alcorta, que estaría perfecta para dirigir el FBI sin los vicios de Hoover, ni de algunos apristas que se visten de reinas del satén a la hora de la intimidad, ni de las folclóricas de doble pechuga y bífidas por naturaleza.

Estoy hablando de esas mujeres que nos recuerdan lo mejor del género y que han permanecido lejos de las fuentes de contaminación de la política: los cargos públicos en regímenes corruptos, el lobismo encubierto, la trata de bancas y las cuchipandas con Roque Benavides.

En todo caso, qué niñas adorables las que juegan en Tailandia, qué cojones frente a la adversidad, qué limpieza para asumir los triunfos, qué lecciones de camaradería. Y cómo es que demuestran que detrás del escenario de cualquier éxito está un esfuerzo que extenúa y, en este caso, un tesón que se agranda con el juego de equipo.

El fútbol peruano está arruinado porque dicen los maradonas del comentario que el fútbol es cosa de hombres y lo que aquí se ve –con la excepción de Solano, Fano y algunos otros- son las señoritas de Avignon en traje corto. Y, como todo el mundo sabe, las señoritas de Avignon que Picasso inmortalizó eran putas y no es que salieran de Avignon sino que salieron de un burdel situado en Avignon.

Lo que quiero decir es que nuestros futbolistas posan para la inmortalidad que no los espera. Y no posan para Picasso sino para el fotógrafo de “Líbero”. Y no es que sean precisamente delicados. Es que todos se sienten la abeja reina cuando la verdad es que todos tiran para zánganos. Las obreras están, como se sabe, en el vóleibol.

Es cierto que quien escribe esta columna no es imparcial respecto de las mujeres. Pero esa devoción terrenal por sus andares –esa devoción aquietada ahora creo que definitivamente gracias a la señorita de Pontevedra que me cambió la vida- no me quita el derecho de decir que las mujeres son lo mejor que le ha ocurrido al país y que ya es hora de que la política se airee y se renueve con ellas.

Marginadas en los trabajos, manoseadas en los micros, asediadas por todos los turbios con poder, las mujeres son lo que son porque han aceptado el desafío del machismo y del ninguneo y de la discriminación. Y están respondiendo en todos los terrenos. La poesía joven parece estar en sus manos, los emprendimientos más audaces son los suyos, las artes plásticas son su nuevo territorio. Y podría seguir.

Dicen que no hay situación peor que la de una guerra. Eso es mentira. Peor que una guerra es una posguerra.

Y en la posguerra de 1945 hubo miles de alemanas que tuvieron que pagar la beodez tanática de Hitler y su banda.

Entre esas alemanas que fueron heroínas a la hora del hambre y las ruinas, hubo muchas que se dedicaron a recoger los muchas veces escondidos ladrillos enteros de aquel Berlín vuelto escombrera. Se las llamó “pulidoras de ladrillos” y contribuyeron grandemente a la reconstrucción de la ciudad. Fue tal su importancia hormigueante y sacrificada que la escultora Catalina Singer les hizo un monumento que todavía podía verse, hace algunos años, en el distrito berlinés de Neukoellen.

La capacidad de aceptar tareas modestas para objetivos enormes y de actuar en equipo y de aceptar el “nosotros” con alegría y no con resignación es básicamente femenina. Yo estoy convencido de que si la defensa de Lima la hubiera coordinado la mujer de Piérola, otro habría sido el resultado de los combates de San Juan y Miraflores. Del mismo modo que a las madres del vaso de leche sólo se les pudo acusar cuando la uña de los Rodríguez Banda escarbó en sus carteras.

En fin, lo que quería decir, sencillamente, es que las muchachas del vóleibol me han emocionado.

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César Hildebrandt

Opinión

Columnista