Las memorias de un cínico

Era el único macho de mis siete hermanas. La erecta esperanza de mi padre en aquel barrio limeño de Surquillo donde a los homosexuales los aderezaban con piropos de un “glamour” primoroso. No obstante, en casa, muñecas y cosméticos contrastaban con mis dos pelotas. La de cuero de 32 paños y la de trapo, de medias de nylon de mis primas, que yo confeccionaba con mis manitas de colegial bobalicón. En el colmo, mi madre gerenciaba un salón de belleza y yo, acomedido, ordenaba los ruleros y peinetas. De premio, ella me obligaba a que la acompañase al cine Primavera a conocer a Sarita Montiel, una española tetona que dejó un bodrio para el cine: “La violetera”. Un domingo, mi padre, mientras se quejaba de su mala suerte, ebrio de pisco y cólera, me apuntó con su dedo y pegó el grito: “Solo falta que éste me salga marica”. Era una sentida sentencia que, lejos del rubor hermafrodita, produjo a mis 13 años el primer erguimiento bajoventral.

Por Diario La Primera | 23 set 2012 |    
Las memorias de un cínico

Mi educación sentimental fue la de un semental. Pésimo en matemáticas, mi fuerte en el colegio Ricardo Palma fue mi palma. Lujo de la lujuria. Precoz onanista, medía la física y la metafísica con una sola mano. Si existía una poética, ¿por qué no una erótica?, me decía. Y aquello fue mi fuerte, las revistas de artistas. “Ecran” era mi favorita. Carnívoro miope, fui devorado por el ojal encarnado de las actrices Ana Luisa Peluffo, Ana Bertha Lepe y Sonia Furió, en ese orden. A falta de una, tres hembras latinas esperaban por mi lengua todavía muerta. Sus pechos y muslos suplicaban mi hipotenusa erecta para su ángulo recto. Yo, Pitágoras, vivía en un calduriento teorema.

Fui un cínico entonces porque mi religión era el cine. Hasta hoy. Mi pecado, las criaturas del star-system. Fui acólito y sacristán de una escena sin pena (o al revés). De ahí que mi recuerdo más remoto junto a mamá son unos tremendos pechos en la pantalla. No los de mi madre, sino los de la mencionada Sarita, la de “La violetera”, joder. Niño de pecho, mis manitas se aferraban a la butaca como si estuviese viendo a Boris Karloff en “La novia de Frankenstein”. Venéreo, fui vacunado contra los western, las cintas de Tarzán, todo Charlton Heston y “Marcelino pan y vino”. Luego lo mío fue el neorrealismo italiano. De Sica, Rosellini y, después, Dino Risi y su maravillosa “Il sorpasso” con Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant hasta que conocí a Sophia Loren —guardo la revista Life del 16/09/1966 donde aparece en la tapa con lencería negra— y la observé por enésima vez en “Matrimonio a la italiana”, y me casé cazado al celuloide.

Mi perdición fueron las italianas. Silvana Mangano, Silvana Pampanini, Gina Lollobrigida, Monica Vitti, Laura Antonelli, Stefania Sandrelli, Agostina Belli, Ornella Muti, Mónica Bellucci y ya no sigo. Las miraba, las revisaba y las repasaba. Las escenas de sexo duro me perseguían; el erotismo fue mi nepotismo, todas eran hermanas de mi mano derecha. No sé si me dejo entender. Por ello, el telón del cine fue siempre mi talón de Aquiles. Yo en ese entonces, Ulises sin perro de la RCA Victor que me ladre y huérfano de James Joyce, regresaba casi siempre a Ítaca todas las tardes y a oscuras como un Homero hecho de sólo tacto.

¡Ah, Ítaca!, la isla Ítaca —bueno, a los 13 años uno sospecha que no sólo le falta bigotes, sino algo más contundente—, aquel peñón en matiné. Ya han asegurado cientos de cínicos que la hora ideal para el sétimo arte es como en los toros, la tercera hora PM. Mi Ítaca, en realidad, quedaba en medio de ese mar Jónico lejano de mi Surquillo natal. Mi Ítaca era la cazuela del cine Orrantia, frente al primer by pass que se construyó en Lima, obra del dictador Odría, y ahí están ahora las fotos pegadas en el puente Villarán para que los blanquitos no se anden quejando de los dictadores.

Entonces uno tenía la modernidad urbanística en la espalda y después, la postmodernidad cinematográfica tatuada en el pecho que era antes. En el medio siempre estaba el telón. Y los telones del cine Orrantia, imaginaba yo, casi como un intolerante D.W. Griffith ante su Babilonia de celuloide del pobre, los telones decía, siempre me parecieron las sábanas de las estrellas. Y en el Orrantia, uno no subía el telón si no bajaba las sábanas. Y en medio de aquel lindo capullo de alelí, aparecían ellas, las estrellas de mi cazuela, que en todo caso es la madre de todas las sopas. Uno en cazuela, entre los caldos de aquella unipersonal olla de teflón, se cosía a fuego lento, casi en baño e’ María, desnudo ante las diosas, solo como el primer astronauta aborigen frente a la noche espacial y especial. Y si mal no recuerdo, me hice docto en el sabor mítico antes que en el filosófico como es mucho antes el mito que el pecado. Ya lo dije: en aquel tiempo, mi visión del cine era manual. Ducho sobre esas olas nocturnas como un bronceado tablista en el sueño húmedo en una tarde de verano.

No existía en aquel tiempo el pecado de la carne encarnado por Isabel Sarli, ni Libertad Leblanc, ni Ana Luisa Peluffo, ni Ana Bertha Lepe, ni Sonia Furió, ni Lorena Velásquez. Mucho menos existía Michelle Pfeiffer, ni Kim Basinger, ni Sandra Bullock. Jamás iba a imaginar que luego llegarían Sharon Stone, Demi More, Jessica Lange, Genna Davis, Wynona Ryder, Uma Turman, Jane March, Naomi Watts ni la cuarentona María Bello y mi favorita actual, la Scarlett Johansson que nació en Manhattan a unas cuadras de donde Woody Allen se masturbó atrapando con la izquierda el fotograma de “De aquí a la eternidad” con la despachada Deborah Kerr revolcándose en la playa con el aventajado Burt Lancaster.

Y aunque tiempo luego me hice íntimo de Ornella Mutti haciendo mutis, no obstante, aquella tarde que conocí a Raquel Welch, comprendí cuál era la verdad verdadera de la escuela de la filosofía de la pelvis de la que tanto hablara el maestro José Ortega y Gasset en su texto “Del antiguo amor a la sabiduría no corrompida”. Y entendí también que la retórica del colchón y la erótica del catre —ver el westerns “Los 100 rifles”, donde Jim Brown, negro él, poseía a la boliviana Raquel Welch, a la manera siux, es decir, flechada literalmente por el falo vengador del KKK—, la erótica del catre, decía, finalmente, estaba simbolizado semióticamente hablando, en el mismo cuerpo más no en el alma de mi Raquel Welch. El escritor neoyorkino Gore Vidal también la amaba, aunque debo aclarar que él es homosexual. Yo no, hasta la fecha.


Eloy Jáuregui

Eloy Jáuregui

Tu mala canallada