Las lealtades con la corrupción

La corrupción pública fue rechazada en una gran marcha esta semana.

Pero poco se habla de la persecución a los luchadores contra la corrupción, contra esos personajes decentes, no negociables, desadaptados, conflictivos, no funcionales, no confiables, los que dicen no y rechazan mirar para otro lado, más aún denuncian haciendo escándalo “por gusto”. Aquellos que se exponen y reciben las represalias a comenzar por perder el trabajo y ser blanco de persecuciones mafiosas que encuentran eco en la Fiscalía o en el Poder Judicial e incluso en los medios de comunicación. Hay intocables. Qué mejor forma de afianzar la corrupción que dar ejemplos vivos de lo inconveniente que es denunciar o meterse con poderosos bien conectados que forman cadenas de corrupción frente a las cuales el que denuncia es el mal elemento, el disociador zonzo que no deja robar.

| 15 diciembre 2012 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 719 Lecturas
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Cuando los empleados o funcionarios denuncian los actos de corrupción con pruebas se convierten en el eslabón más frágil de la cadena, sin garantías para su honestidad, pierden el trabajo y el corrupto que sigue en el poder los perseguirá hasta destruirlo por su atrevimiento.

La corrupción tiene muchas conexiones que la hacen imbatible, incluso en los medios que se prestan al linchamiento ideológico o político sin mayores pruebas para el chisme que circula o se inventa. Todo vale para dejar fuera de juego al cholo atrevido o al blanquito idiota que no sabe con quién se ha metido.

Ahí no funcionan las marchas, los discursos, los llamados, la ética y los valores. Ahí trabajan esas lealtades oscuras mucho mejor que las conseguidas por las conductas correctas. La corrupción busca dejar fuera a sus enemigos y lo consigue descalificándolos, quitándole presencia moral, convirtiéndolos en un corrupto más. Lo hemos vivido y sabemos del filo y la influencia de la corrupción que consigue eco en los medios que hacen cera y pabilo de la presunción de inocencia alentando el escándalo y el chisme para liquidar al incómodo, alzado y levantisco denunciante. El caso de antología es el de Javier Diez Canseco convertido, por obra y gracia de algunos medios, en corrupto sancionado cuando toda su vida ha sido un flagelo para los corruptos.

Los que se unieron para destruirlo no se molestaron en investigar ni contrastar, el linchamiento fácil junto a una insólita alianza política facilitó la venganza, se dieron el gusto de desprestigiarlo, callarlo y sacarlo del Parlamento durante algún tiempo. Es esta la eficiencia de la corrupción. Están en todos lados, saben y pueden mucho, trabajan redes para aniquilar la decencia que los molesta.

Sugerencias: Tribunales de Honor en cada institución que protejan al denunciante que tiene pruebas, una Contraloría que no espere un año para procesar las quejas, mayores controles sociales para los supervisores y moralizadores. Todo esto y más para demostrar una verdadera voluntad anticorrupción, para que la honestidad haga la diferencia.


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