Las lágrimas de Ronaldo

Desde esta columna sostuve que Cristiano Ronaldo era el mejor jugador del mundo, por encima del brasileño Kaká. El año pasado me pareció injusta la ­elección del volante del Milan como jugador FIFA. Esta temporada, el portugués se encargó de darme la razón. Pues salió máximo goleador de la Liga Inglesa y de Campeones. En total sumó 42 goles en todas las competencias que participó, y eso sin contar los tantos con su selección.

| 22 mayo 2008 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 454 Lecturas
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En el partido ante Chelsea, Cristiano tenía que demostrar que se trataba verdaderamente del número uno.

Anotó un brillante gol con golpe de cabeza. Dio medio giro en el aire y colocó la pelota a un ángulo. Una acción notable, muy técnica, de un jugador con muchos recursos.

Tras el gol, Ronaldo comenzó a “divertirse”. Recibió el balón con la pierna derecha, se la pasó a la izquierda y entre dos rivales sacó un centro.

Parecía que era el partido de Ronaldo. Pero llegó el gol de Lampard y, en la segunda parte, el portugués bajó enormemente.

Otra vez, al igual que en el partido contra Barcelona, cada vez que tenía la pelota, la soltaba muy rápido. Daba el servicio para atrás. Ya no encaraba. Y cuando lo hizo, Essien le ganó el duelo individual. Ronaldo estaba nervioso.

Por eso cuando se fueron a la definición desde el punto del penal, no quiso ser el primero. Tampoco el último. Evadió la responsabilidad.

Cuando llegó su turno, dudó. Seguramente la imagen del disparo ante Barcelona pasó por su mente. Cuando estrelló su disparo en el poste.

Ronaldo tomó vuelo. Un par de pasos. Pero cuando le faltó un metro se paró. Escandalosamente. Si convertía, debía repetirlo. Ya no sabía dónde disparar. Y a corta distancia. Ronaldo remató y el portero ­atajó.

El delantero se dio cuenta que todos los goles que convirtió en esta temporada no te­nían el peso si es que convertía el disparo desde los 12 pasos.

Por su expresión, Ronaldo se imaginó que no es el número uno. Que el rótulo de mejor jugador del mundo le quedaba grande. Que un jugador de jerarquía no podía fallar dos veces un disparo penal en forma consecutiva.

Estoy seguro que si en ese momento le decía si se retiraba del fútbol, lo firmaba. Por ­eso, cuando Anelka (otro de mente débil) falló su disparo, Ronaldo lloró como un niño. Porque Van Der Sar lo salvaba del fracaso. De la burla. No ­eran lágrimas de emoción, sino de vergüenza.


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Ivlev Moscoso

Opinión

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