Las cosas de la amistad

Diana caminaba con un rumbo sazonado de aires frescos por una calle del centro de Lima y vio en la otra acera a un entrañable amigo a quien había dejado de ver porque éste había confundido las cosas de la amistad y se había enamorado de ella.

| 09 julio 2012 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores |  692 
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Pero al verlo después de más o menos tres años, le entraron unas ganas inmensas de saludarlo y desde la acera del frente gritó con los brazos abiertos y la efusividad digna de ella: “¡Amigo Juan Carlos!”. Cruzó la calle, y lo vio extrañamente cambiado. No tenía la nariz aguileña por lo que sus amigos le decían “Lorito”; en uno de sus dientes visibles estaba cubierto de una placa de oro; se había quitado un enorme lunar de la mejilla; había adelgazado notoriamente; se había dejado crecer el cabello y hasta cambiado el color de sus ojos con el recurso de los lentes de contacto. “Yo no soy Juan Carlos”, dijo porque después de tanto rechazo había decidido olvidarla para siempre e inclusive había hecho cambios en su rostro y en su vida.

—Disculpe, lo confundí.

—No se preocupe, señorita.

—Es que se parece tanto a un amigo mío que no lo veo hace más o menos tres años, perdóname.

—No se preocupe —dijo y siguió caminando. No podía respirar por la emoción de haberla visto de nuevo y empezó a llorar porque todo el amor que sentía por ella volvió de golpe para destrozarle las entrañas. “Te amo, Diana; te amo”, decía y se atrevió a seguirla. Vio que entraba a un edificio cerca de la Plaza San Martín. Averiguó todo de ella.

Al día siguiente, Juan Carlos la esperó a la hora de salida del edificio dispuesto a conquistarla con su identidad supuestamente cambiada. “Hola, señorita, me atreví a esperarla porque creía que podemos iniciar una gran amistad”. “Es muy extraño que se parezca tanto a mi amigo”. “Sí; pero dejemos ya a su amigo en paz”.

Empezaron una bella amistad. Juan Carlos estaba feliz; porque podían hablar al menos tres veces por semana y hasta habían salido un sábado por la tarde a un parque de diversiones. Pasó como dos meses y Juan Carlos, después de planificar su declaración de amor, por días enteros, un domingo, bajo las sombras de una palmera, le pidió que sea su novia y Diana le contestó: “No confundas las cosas de la amistad”.

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