Las arterias obstruidas

Sentados en un ómnibus, micro, combi o auto, por lo menos una vez al mes, a veces más, a los limeños un policía o una barrera nos paralizan o nos desvían hacia donde no queríamos ir. Después , mortificados, nos enteramos que un desfile escolar, una obra iniciada en hora punta, una maratón, una protesta gremial, una procesión, un capricho de algún alcalde, una recepción diplomática, una celebración importante para alguien, un cerco para proteger al poder, ha sido la causa física.

| 14 marzo 2009 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 561 Lecturas
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En ese infausto día, cometimos un craso error: confiábamos, citadinos de una urbe en la que cotidianamente los medios de comunicación hablan de democracia y derechos ciudadanos, que saliendo de nuestras casas o trabajos o de donde nos dé la gana, íbamos a transitar por calles, avenidas y plazas - que son teóricamente de todos - para llegar a una hora estimada al sitio que habíamos decidido ir. ¡Qué ingenuos por Dios, así no es entre nosotros!

En nuestra amada Lima, las calles, avenidas y plazas son de los dueños del poder antes que de la ciudadanía. Ellos, ante sí y con sus lógicas particulares, disponen la ocupación e invasión privada del espacio público.

No me refiero sólo al poder político constituido: gobierno nacional, regional y local, también a los otros, como organizaciones políticas, sindicales, religiosas, empresariales, culturales, que en función de intereses,- que por definición siempre serán particulares y no generales- colisionan con los que poseemos los demás, es decir 8 millones de historias que conviven en esta megalópolis.

¿Cuántas miles de horas perdidas? ¿Cuántas angustias por encuentros fracasados? ¿Cuántas horas quitadas al descanso? ¿Cuánta violencia por el mal humos despertado? ¿Cuántas ambulancias demoradas? ¿Cuánto dinero perdido? ¿Cuánta rabia acumulada?

Los que han vivido o viven en pueblos o que recuerdan la Lima de los 50, saben que en esas escalas o tamaños todos están comprendidos. La fiesta patronal, el desfile, la visita del notable y la procesión pertenecen a todos. Pero en Lima, perdón en la galaxia Lima, donde orbitan varios planetas y planetoides de vivencias, intereses, culturas, costumbres y credos diversos nada general nos une, salvo la lucha diaria por vivir. La limeñitud , si existió alguna vez, está en crisis o en formación precaria . Los limeños por el momento sólo compartimos los servicios públicos.

¿No creen ustedes, que es hora que los preceptos constitucionales que nos hablan del libre tránsito aterricen en nuestra Lima y nos libren del abuso de los poderosos?

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Javier Sota Nadal

Opinión

Arquitecto