La vida es un tallarín

Muy silencioso y pensativo, Alfonso mira el techo olvidado y sombrío del restaurante; luego vuelve a mirar el plato del almuerzo recién servido y dice con la seguridad de un profeta iluminado por los cielos: “La vida es un tallarín”.

| 07 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.7k Lecturas
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Distraída en su comida, Margarita apenas lo escucha y cree que pide más comida sin acabar el platillo que le habían servido: “¡Qué dices!”

“Es un frase que escuché en una película argentina hace un tiempo y me parece que es muy buena y ahora siento que mi vida es eso”, contesta Alfonso.

—Pensé que querías más tallarines.

—No. Digo que la vida es un tallarín, con caminos enredados y grasosos que parecieran ir al mismo lado y a la vez a ninguna parte; con su toque de salsa al gusto; llena de colores; con su presa como premios, como premios.

—Disculpa, pero no te entiendo nada.

—Es que es una metáfora.

—¿No es un símil, una comparación?

—Digamos que es una figura, que te ayuda a ver la vida en un plato. La vida es un enredo que alguien lo ha hecho a su gusto y con el paso del tiempo se va enfriando inexorablemente. La vida es simple y compleja a la vez, como un plato de tallarines.

—Eres muy raro.

—Alguien tuvo que hacer la vida a su gusto, con la sazón adecuada, con el sabor preciso; alguien tuvo que poner la pizca de sal para que otro se lo coma, a veces, sin darse cuenta del trabajo que ha costado hacerlo. Tu vida la consumen otros.

—¡Ya, cállate!

—Está bien; pero no puedes negar que es una frase hermosa, quizá ingenua, cándida; pero hermosa al fin.

—¿Puedes callarte? Estoy comiendo.

—Siempre te portas así cuando algo me gusta. No te gusta escuchar, pero sí quieres que te escuchen a ti.

—Es que yo no hablo tonterías. Los tallarines no me sirven para interpretar la vida sino para llenar esta barriga.

—Solo piensas en comer, por eso estás…

—Oye, chibolo de mierda. Si vuelves a decirme gorda te romperé la cara con ese plato de tallarines.

—Disculpa.

—Está bien.

—No volverá a pasar —dice Alfonso.

—Está bien. Disculpa, yo tuve la culpa por no escucharte. Bueno, por qué decías que la vida es un tallarín.

—No jodas.


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