La utopía de la estupidez

Uno de los lastres que arrastra el –iba decir el pensamiento– mejor digo el sentimiento de izquierda peruano es el igualitarismo, que me permito definirlo como el tropismo o preferencia por la homogeneidad en todos los campos de la existencia. Cualquier luz, destaque, o singularidad que se observe en los individuos o en la sociedad es sospechosa.

| 04 diciembre 2011 12:12 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.2k Lecturas
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Claro que en una sociedad como la nuestra, de profundas diferencias en las condiciones de vida de las personas, es moral reclamar y crear condiciones de igualdad, por lo menos de partida, en respeto cultural, justicia, educación y salud; pero de esta programática social, no puede ni debe derivarse el igualitarismo generalizado como mensaje y práctica política que no posee otra validación que en una utopía de la estupidez.

Me refiero concretamente a las ideas educativas, en las que, más allá de de quienes nos han regido en los últimos 50 años, persiguen la igualdad allí donde debía alentarse la diferencia. Paso a consignar algunos ejemplos:

Las universidades públicas son todas iguales para el Estado. Iguales San Marcos, UNI, Agraria de la Molina, San Cristóbal de Huamanga a las 20 universidades públicas creadas últimamente. Los profesores ganan igual en todas; y como las U. maduras generan más ingresos propios, recibirán menos transferencias del presupuesto de la República para satisfacer la igualdad en la ecuación. Decenas de veces se ha propuesto otorgarles a nuestras principales universidades un estatuto estratégico; es decir, rentas económicas suficientes y metas específicas que cumplir, denominándolas Universidades Mayores o De Investigación, a fin de que, seriamente, enfrenten el reto de crear nuevos conocimientos para el desarrollo nacional. El igualitarismo dice: ¡De ninguna manera!, qué dirán las otras universidades. Todos somos iguales. ¡Viva la igualdad! (en la mediocridad).

La década pasada surgió la idea de establecer una política diferenciada en Secundaria para atender con mayor intensidad a los mejores estudiantes de colegios públicos de una Región o Departamento y se usó la frase “colegios emblemáticos”, frase que rendía tributo a aquellos colegios centenarios que en su momento, antes de la masificación educativa, compartían profesores con las universidades del lugar y formaron a las elites departamentales; nos referimos a colegios tales como Ciencias del Cusco, Independencia de Arequipa, San Carlos de Puno, Guadalupe de Lima y otros.

La idea diferencial debía desarrollarse como un proyecto pedagógico, es decir currículo específico, calidad docente, infraestructura y equipamiento completos, es decir bibliotecas, laboratorios, TIC, SUM y, de ser posible, internado o alojamiento, ya que algunos alumnos/as vendrían de provincias y distritos alejados de la capital departamental.

El anterior gobierno con esta idea creó bien el Colegio Mayor Presidente de la República, pero al mismo tiempo convirtió la frase “colegio emblemático” en un cosmético arquitectónico. Ahora se alzan voces para terminar con este experimento que altera el horizonte plano de la secundaria pública, cuando lo inteligente sería perfeccionarlo.

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Javier Sota Nadal

Opinión

Arquitecto