La urgente reingeniería de Devida

Es para no creerlo. La Comisión Nacional para el Desarrollo y Vida sin Drogas (DEVIDA), que por Decreto Supremo No. 032-PCM de mayo de 2002 tiene como misión principal diseñar y conducir la lucha contra el tráfico ilícito de drogas está ausente del Valle del Río Apurímac-Ene (VRAE), la zona donde ahora se procesa más del 70 por ciento de las aproximadamente 300 toneladas métricas de cocaína que se produce en el país anualmente.

| 21 setiembre 2009 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 914 Lecturas
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La oficina que antes tenía en el VRAE fue desactivada y trasladada a Huamanga por el actual jefe de DEVIDA, el señor Rómulo Pizarro, el mismo que hace poco convocó a un pacto ético contra la infiltración del narcotráfico en la política. Sin duda necesario. Pero junto a esa iniciativa debería haber planteado una urgente e imprescindible reingeniería de la institución que dirige.

Tanto la crisis de DEVIDA como los errores y debilidades del Plan VRAE tienen una causa y origen de fondo: no tenemos una política de Estado de lucha contra el narcotráfico. La que ejecutamos a pie juntillas es un diseño y una estrategia de la lucha antidrogas de Washington.

DEVIDA, heredera de CONTRADROGAS, aplica esa estrategia que Estados Unidos ejecuta en todos los países donde interviene y que consiste en poner los caballos delante de la carreta. Es decir, primero se erradica la coca ilegal y luego se construye el desarrollo. Por supuesto que esta lógica no ha funcionado en ninguna parte y el fracaso está a la vista de todo el mundo: ahora hay más producción de drogas ilícitas y consumo que hace treinta años cuando empezó la “guerra mundial contra las drogas”.

La crisis de DEVIDA salta por todos lados: ha perdido el peso político que tenía antes, se ha burocratizado y sus acciones en las áreas cocaleras casi han desaparecido. Sólo en su sede en Lima tiene casi un centenar de funcionarios (7 de ellos abogados). Por el contrario, de sus 12 sedes en zonas cocaleras sólo quedan tres.

Los fondos aportados por la cooperación internacional, principalmente de Estados Unidos a través de AID, escasean cada vez más y los millones de soles asignados por el Estado para los Proyectos de Impacto Rápido (PIR) son devorados por la espesa capa de intermediarios haciendo que, gracias al efecto “cascada”, de cada 100 soles sólo llegue al campesino beneficiario en el mejor de los casos 20 soles.

La triunfalista campaña del “milagro sanmartinense” logrado supuestamente con el desarrollo alternativo en la Alta Amazonía no puede tapar la crisis de una institución que requiere un cambio de emergencia.


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