La universidad no es una cojudez

Siendo una misión de la universidad la formación de los cuadros dirigentes del país en las diversas esferas de actividad, la presencia protagónica de los egresados de la Universidad Católica, tanto en el ámbito de la gestión pública como en el de la empresa privada, da cuenta de la calidad de la formación recibida allí.

 

| 30 agosto 2011 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 3.1k Lecturas
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Considerando que hoy en día la prioridad acordada a la investigación científica define la calidad y la pertinencia de la actividad universitaria, la Católica, que se halla entre las que más investigan, ha decidido convertirse en una universidad de investigación, entendiéndolo como un modelo institucional, comprometiendo para ello sus recursos y marcando así el rumbo que deberían seguir las principales universidades peruanas.

En un contexto en el que cunde la estafa universitaria favorecida por la ausencia de políticas de Estado para el desarrollo de la universidad y la mercantilización de los servicios universitarios, sin garantías públicas de su calidad, el desarrollo de universidades serias como la Católica debe ser un asunto de interés nacional.

No obstante, somos testigos de cómo su estabilidad institucional se halla, desde hace tiempo, seriamente amenazada por la actitud intervencionista del cardenal Cipriani, que ahora se sustenta en directivas del Vaticano, entidad que para todo efecto práctico es otro Estado, dirigido ahora por un sector militantemente ultra conservador, que se opone a la modernidad desde posiciones regresivas.

Las advertencias altisonantes de Cipriani, tras las directivas del Vaticano, dejan ver con claridad que la intención de aquel es, ante todo, tomar el control de las orientaciones académicas de esa universidad, incluyendo la selección de sus docentes. El cuidado de la calidad académica no es el centro de su atención. Lo deja ver el hecho de que una universidad del norte, identificable como una de las mayores responsables de la estafa universitaria que afecta al país, hace uso nada santo de la denominación de “Universidad Católica”, sin observación alguna de Cipriani.

En tono amenazante, Cipriani ha sustentado su actitud intervencionista, diciendo: “El representante de Cristo soy yo”. Olvida que Cristo dijo: “No todo el que me diga Señor, Señor, entrará al reino de los cielos”… Por lo menos que a la Católica no entre. Le haría un grave daño a esa universidad, cuyo lema, que la caracteriza como “Luz que brilla ante las tinieblas”, nunca fue más pertinente.


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Zenón Depaz Toledo

Opinión

Columnista