La universidad y el gato despensero

La revolución tecnocientífica en curso, que la universidad contribuyó a generar, ha dislocado su posicionamiento espaciotemporal, tornando compleja la compresión de lo que actualmente ella es. Mientras tanto experimenta un acelerado proceso de masificación y creciente heterogeneidad institucional, acompañado de la irrupción de la dimensión virtual como soporte y contenido educativo. El aumento explosivo de la información y la complejización del conocimiento, así como de los paradigmas en que discurre, presionan también en dirección de una radical revisión del sentido de los procesos y estructuras académicas universitarias. Así desprovista de anclajes ontológicos y epistemológicos estables, la universidad experimenta además el impacto decisivo de la noción técnico-burocrática de excelencia y rendimiento, que hoy la impregna contribuyendo a su mayor complejidad y situándola en una encrucijada en cuanto a la comprensión de su propia naturaleza y fines.

Por Diario La Primera | 30 set 2008 |    

Por otra parte, siguiendo el designio de la modernidad, que proclamó desde sus orígenes que el saber es poder, la producción de ciencia y tecnología constituye hoy una variable decisiva del mapa de poder, en un mundo marcado por tendencias estructurales a la exclusión de las colectividades que no cuentan con una élite académica con capacidad de producir saber riguroso y tematizar con autonomía sus horizontes de vida, las que, por tanto, afrontan el peligro de la inviabilidad. Por eso, la educación superior, y particularmente el destino de la universidad pública, constituye hoy un delicado tema social, y su inclusión, un indicador de seriedad de la agenda política, pues no es posible pensar en un desarrollo social sustentable sin el concurso de la universidad, tanto para la producción de elites nacionales y regionales que dirijan aquel proceso, como de conocimiento que incorpore valor agregado a nuestra producción. Ello contrasta en nuestro país con la situación de abandono en que se halla la educación superior, sin políticas de Estado ni mecanismos de evaluación de su calidad, con una oferta de formación que frecuentemente linda con la estafa y un marco legal obsoleto. Que el ministro encargado de ese tema sea dueño de una universidad privada con fines de lucro, dice mucho de los compromisos de este gobierno en el ámbito universitario, precisamente cuando urge su reforma.


    Zenón Depaz Toledo

    Zenón Depaz Toledo

    Opinión

    Columnista