La trampa del crecimiento sin desarrollo

Hoy por hoy todos se acusan de gobernar para los ricos, lo que revela tempranos sabores electorales. Lo curioso es que en el Perú siempre se ha gobernado para los ricos, si no, no habría tantos pobres.

Por Diario La Primera | 11 set 2008 |    

Ni los gobiernos de partidos políticos, ni los de pandillas electorales, ni los de militares de alta graduación, ni los de empresarios poderosos, han podido sustraerse a la perversa tentación de perjudicar a los más pobres.

Es cierto que la economía peruana está creciendo a cifras muy altas en el siglo veintiuno, ayudada por los altos precios de las materias primas más que por los incrementos productivos. Hay mejores cifras en las estadísticas oficiales que en el plato de la mesa popular, en el bolsillo de los trabajadores, en los cuadernos escolares, o en el cuidado médico de los hijos y abuelos.

Ocurre que este crecimiento es incremento del PBI sin desarrollo, sin mejora de las condiciones de vida de la mayoría de los peruanos, es un crecimiento para invertir en más crecimiento desatendiendo la educación, la salud, el empleo y el deterioro ambiental, un crecimiento que se ha vuelto adicto al crédito de consumo financiado con endeudamiento.

Como dice el Nobel Joseph Stiglitz, el crecimiento tiene que ser inclusivo y solidario, llegar a la gente marginada del “boom” económico peruano, y que por eso se siente defraudada, protesta y toma las calles. El gobierno tiene que entender que la inclusión en el desarrollo compromete a la gente con el proceso político, lo cual genera gobernabilidad y vuelve a los ciudadanos actores del desarrollo y no público del circo.

Para esto, es fundamental el papel del Estado en la dirección de los beneficios del crecimiento hacia la mejora de las condiciones de vida de los sectores pobres, de la infraestructura y desarrollo tecnológico, para entrar en la revolución de la información y las biotecnologías, para gastar en seguridad y protección de los ciudadanos, en hacer más eficiente y justa a la justicia. Entender, por fin, que el recurso más valioso de un país es su pueblo.

La gente no es tonta, Alan García luce un 71% de desaprobación, en la reciente encuesta de la Universidad de Lima, porque ha privilegiado a los ricos, que son los que más aprueban su gestión en esa encuesta, mientras los pobres están descontentos con la democracia de mercado en la que aumentan las demandas insatisfechas de los pobres y el gobierno responde con más services, inflación y congelación de aumentos a empleados públicos.


    Carlos Urrutia

    Carlos Urrutia

    Opinión

    Columnista