La tigresa arrepentida

 

| 21 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 729 Lecturas
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Nadie sabía por qué ella había dejado de golpearlo. Fue tan sorpresiva la decisión que Mariano creyó que Dios había escuchado sus plegarias y fue a la parroquia de su barrio a dejar una limosna generosa y al regreso compró un ramo de rosas para su novia.

—Creo que ya nos estamos llevando bien —le dijo al entregarle las flores.

—Sí, claro —dijo la mujer que había perdido la sonrisa desde el día en que decidió no golpear más al hombre que juró ante una cruz que se casaría con ella.

Los palomillas del barrio al enterarse que la mujer había dejado de golpear a Mariano le preguntaron de modo que ella no los mandara a rodar: “Señora, discúlpenos, pero queremos saber si es verdad lo que dicen las vecinas”. “¿Y qué es lo que dicen las vecinas?”. “Dicen que el señor Mariano le pega a usted”. “Eso es falso”. “¿Entonces usted le pega a él?”. “Ya no le pego”. “¿Por qué dejó de pegarlo?”. “Porque, porque, … a ustedes qué les importa, chibolos de mierda”.

Pasaron varias semanas para que la mujer confesara por qué había dejado de golpear a Mariano. Le contó a la señora de la bodega que sabía todos los secretos del barrio, pero que no los difundía por nada del mundo. “Señora, lo que pasa es que Mariano empezó a hablar dormido y empecé a enterarme de su vida secreta. Había sido golpeado por su padre y cuando murió éste su padrastro casi lo mató a patadas y, después de que su padrastro murió, un tío suyo también lo golpeaba en la cabeza. Lo escuché bañada en lágrimas y prometí que jamás lo volvería a golpear”, le dijo la tigresa arrepentida.


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