La soledad de Matilde

A Matilde le dolió en el alma golpearse uno de sus dedos luego que le venciera un ladrillo de techo que intentaba llevarlo al jardín. Lloró desconsoladamente hasta las últimas lágrimas. Pero no tanto por el dolor del dedo herido ni porque, a sus sesenta años de edad, sus brazos viejos y flacos ya no tienen las fuerzas de los tiempos pasados, sino porque el golpe le hizo recordar a su padre.

| 26 julio 2012 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores |  667 
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Cuando tenía cinco años de edad, Matilde había perdido la uña izquierda de su dedo gordo cuando trataba de ayudar a su papá que estaba arreglando los cercos del jardín. En aquel tiempo, era la preferida de papá, y quiso llevarle el ladrillo de techo que necesitaba él para hacer bien su trabajo en el jardín. Pero tropezó con los juguetes de su hermanito que estaban tirados en el piso y se cayó con el ladrillo y así perdió una uña. Pegó un grito de un dolor terrible que se escuchó en todo el barrio, y desde el jardín, su padre corrió a ayudarla, como un súper héroe. Cogió su mano herida y, para lavar la llaga, la puso en un lavatorio de agua limpia que casi al instante se convirtió en un lavatorio de sangre. Lavó la herida, sacó lo necesario del botiquín de la casa y luego de curarla la calmó cantándole una canción que a ella le gustaba mucho.

Sin embargo, a sus setenta años, después de golpearse el dedo, no hubo ayuda ni consuelo ni canción preferida. No hubo nada ni siquiera un grito de dolor que se escuchara en todo el barrio. “Carajo, no he ido a verlo al cementerio hace tiempo”, dijo Matilde pensando en su padre, sumida en una profunda tristeza, y se dio cuenta que estaba totalmente sola. Su esposo había muerto hace dos años y sus hijos habían hecho sus vidas lejos de casa. “La soledad es la vida de los muertos”, dijo y, olvidándose de su dedo herido, siguió llorando en silencio. “Ay, papito, dónde estarás ahora. Ya estaremos juntos. Tranquilo. Espérame”, dijo y volvió a mover el ladrillo de techo para llevarlo al jardín.

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El Escorpión

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