La rubia dormida

Una rubia altísima, ligera y delgada como una palmera, con unos ojos de cielo, amaneció dormida en plena calle sobre una cama convertible, cubierta apenas con una sábana liviana.

Por Diario La Primera | 21 junio 2012 |  1.1k 
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Este suceso extraño ocurrió el último domingo de diciembre de 2010, en la primera cuadra de la avenida Cayetano Heredia de Pueblo Libre, por la avenida Brasil, en ese espacio desolado que separa a la enorme iglesia católica de dos torres de una de la sedes principales de la iglesia evangélica del Perú, en ese lugar poco transitado que sirve muchas veces como pista de aprendizaje de choferes inexpertos.

Los cabellos rubios de la mujer esbelta parecían brillar con los primeros rayos del sol de ese 26 de diciembre, un día después de una Navidad hermosa. No puedo asegurar que fui yo el primero en verla aquella mañana. Pero fui yo quien pasó la voz al sereno de esa zona que hacía guardia con su bicicleta. El sereno, negro y alto, con una mirada asombrada, no se atrevió a despertarla porque dormía plácidamente como una niña de conciencia limpia. Eran apenas las siete de la mañana y yo había salido a comprar panes calientes para el desayuno.

De pronto, se apareció una anciana y al verla dormida así, en plena calle, creyó que ella estaba soñando y al darse cuenta que no era así se acercó a ella, la tocó, y se persignó mirando a la iglesia católica. creyendo que era una virgen del cielo que había bajado a la tierra.

Al ver la actitud de la anciana, un escuálido triste, de rostro enjuto, con una casaca enorme y negra, despeinado y con una barba de tres días, también se acercó a la rubia y dejó sobre la sábana liviana una rosa que había arrancado del jardín de la iglesia. Después se acercaron varios vecinos, algunos con sus hijos, que la empezaron a mirar desde una vereda en silencio. Algunos se arrodillaron y comenzaron a rezar. Una niña se puso a llorar muy emocionada.

Los rayos del sol empezaron a quemar con más fuerza, tanto que despertó a la rubia. Abrió los ojos y se sorprendió de la gente que la estaba mirando.

Se puso de pie, guardó la sábana liviana en su mochila, transformó su cama en un paquete ligero, ajustó bien su equipaje y diciendo algunas palabras empezó a caminar hacia la avenida Brasil como si estaría subiendo una cuesta. El sereno dijo: “Circulen, circulen”.

Referencia
Propia



    El Escorpión

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