La revocatoria y su significado actual

En su obra El Timeo, Platón concibe la creación del mundo como la obra del demiurgo, un artesano divino que construye el universo desde la materia preexistente que tiene como modelo el mundo de las ideas que es eterno e inmutable. La realidad en que vivimos, obra de este excelso artesano, es una copia imperfecta de ese mundo ilimitado y perfecto.

| 04 noviembre 2012 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.6k Lecturas
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Platón enfatiza en la necesidad de distinguir entre lo que existe de verdad –lo eterno– de lo que es simple apariencia, sujeto al devenir y realidad a medias. De lo primero, es decir, de las formas puras y eternas podemos tener un conocimiento seguro por medio de la inteligencia. De las segundas, o sea del mundo en que vivimos, debemos conformarnos con conocimientos aproximados y poco probables, inciertos.

Algo parecido sucede en las relaciones entre el derecho y la política. La Constitución es forma jurídica que responde al mundo de las ideas platónicas. Todo en ella es perfecto, loable, posible y digno de encomio. La Carta Magna reconoce a los hombre y mujeres como iguales, en ella no hay cabida para la discriminación y en su mundo enteléquico la libertad, la solidaridad, la fraternidad son bienes supremos con capacidad de realización. Las instituciones, como la revocatoria y el referéndum, aparecen en sus formas puras e idealizadas.

¿Desde el mundo de las ideas alguien podría estar en contra de la revocatoria? Según los entendidos, mejor dicho los platónicos, la revocatoria tiene como objeto establecer entre los electores y los elegidos una línea directa de control, que tiene su fundamento en el principio republicano de la responsabilidad en el ejercicio de la función. ¿Para que más puede servir la revocatoria? Según los platónicos o si se quiere los entendidos, ésta goza de las siguientes ventajas: a) le permite al pueblo separar de su cargo a quien ya no es merecedor de su confianza; b) le recuerda a las autoridades que su ineficiencia puede ser sancionada con la destitución; c) aumenta el interés y la participación de los ciudadanos en los asuntos públicos; y d) limita los abusos en el ejercicio del poder.

Frente a tantos beneficios no cabe la menor duda que todos somos platónicos. En el mundo de las formas, claro está. Pero la Constitución no tiene facultades demiúrgicas. No transforma el mundo ni lo crea. Solo propone, es programa, no realidad.

En el mundo donde tiene predominio la política, las instituciones establecidas en la Constitución pueden ser contraproducentes y hasta perjudiciales para el bien común. Se convierten en copias impuras del mundo mágico y perfecto de las formas constitucionales.

Sin embargo no hay que confundir los planos. Uno puede estar a favor de la Revocatoria como institución constitucional y a la vez en contra de la revocatoria de Susana Villarán. Desde mi punto de vista la consulta vecinal que el Jurado Nacional de Elecciones ha fijado para el 18 de marzo del próximo año es contraproducente para Lima. Pero sirve al mismo tiempo para reafirmar el principio democrático de la Constitución y sus instituciones como formas ideales.

Lo que no resulta aceptable es que los platónicos de ayer renuncien a los principios por un interés de coyuntura. A la Constitución de 1979 se le achacó entre otros defectos su opción por una democracia representativa que omitía la participación política directa a través de la revocatoria, la iniciativa popular y el referéndum. Esa crítica venía principalmente de los constitucionalistas de izquierda.

Desde ese orden de ideas, hay que reafirmar La Revocatoria, en mayúsculas, aunque no estemos de acuerdo con la revocatoria, en minúsculas, de Susana Villarán. No renegar de Platón. Los principios y las instituciones en su forma pura cuentan y necesitan tiempo para consolidarse.

Mayor participación del pueblo en los asuntos públicos ha sido una de las exigencias básicas de la izquierda en el Perú. No hay necesidad de arriar esa bandera sino de asumir el reto de vencer en el proceso revocador. Son las reglas del Estado democrático.


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Carlos Mesía

Opinión

Expresidente del Tribunal Constitucional