La reforma financiera pierde fuerza

Un año después del colapso de Lehman Brothers, los grandes países occidentales parecen menos interesados en la reforma del sistema financiero internacional, aunque hay una frenética actividad en la política económica mundial. El 24 de setiembre en Pittsburg, Barack Obama será el anfitrión de una cumbre del G-20.

| 10 setiembre 2009 12:09 AM | Columnistas y Colaboradores | 511 Lecturas
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El tema de las instituciones financieras, identificadas con prácticas especulativas que condujeron a la crisis mundial, estuvo presente en la reunión preparatoria que los ministros de Economía celebraron este fin de semana en Londres.

Si bien Francia y Alemania quieren que el G-20 acepte un límite coordinado de las primas bancarias, otros países europeos –en especial Gran Bretaña- no están dispuestos.

Adair Turner, presidente de la Autoridad de Servicios Financieros británica, sugirió a fines de agosto que el Reino Unido introdujera una “tasa Tobin” (impuesto a las transacciones financieras especulativas). Es el funcionario occidental de más alto rango que propone este impuesto, defendido por economistas y ONGs como forma de detener la especulación financiera.

La propuesta de Turner debería haber sido un hito en el camino a la reforma. Pero en cambio recibió de inmediato la crítica de numerosos banqueros y algunos políticos.

En el mundo financiero, muchos pretenden continuar como si nada hubiera pasado, incluso restaurar la especulación como base de las ganancias. Por lo tanto, existe una gran resistencia a la reforma.

Esto se refleja en el G-20. Ahora que el mundo parece más alejado de una catástrofe que un año atrás, cuando el colapso de Lehman Brothers amenazó con tirar abajo todo el sistema, el fervor para reformar la arquitectura financiera internacional se está esfumado.

Así, los temas vitales de la reforma están pasando a segundo plano y existe el riesgo de que se olviden, hasta la próxima crisis.

El G-20 fue creado durante la crisis asiática porque a los países occidentales –en especial a Estados Unidos- les preocupaba que pudiera devenir en una crisis mundial y quisieron contar con un foro que iniciara reformas para combatir la inestabilidad financiera. Cuando la crisis asiática se superó, el G-20 quedó inactivo. Debieron pasar otros diez años y que sobreviniera una crisis peor para que volviera a reunirse.

Ahora que la crisis mundial parece estar cediendo, también lo está el incentivo para una reforma. Si los gobernantes de los países desarrollados ya no tienen urgencia, los de los países en desarrollo deberían impulsarla, ya que tienen mucho más para perder si el sistema mundial continúa con su viejo estilo disfuncional y desbalanceado.


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Martin Khor

Opinión

Colaborador