La quinta rueda

No sé en qué año de qué década de cuál siglo ocurrió. Lo que sí sé es que ocurrió. Ocurrió que la prensa dejó de ser el cuarto poder para convertirse en la quinta rueda.

Por Diario La Primera | 03 julio 2009 |  2k 
2025  

¿Fue porque era muy caro investigar y había que reducir costos, como proponen algunos ingenuos?

¿Fue porque el público había dejado de ser aquella masa urgida de información y conocimientos que irrumpió en la historia a comienzos del siglo XIX?

Lo cierto es que ocurrió.

Y hoy asistimos al panorama mundial de una prensa en crisis.

Algunos pretenden decir que la crisis la ha traído el Internet. No es asÑ Y no es así porque los contenidos de la red reflejan los mismos problemas que aquejan a la prensa tradicional: banalidad, sesgo ideológico, una buena dosis de indigencia intelectual, intromisión de la opinión en la información.

Por lo tanto, si la prensa tradicional y el Internet han contraído la misma enfermedad es que el paciente es el concepto mismo del periodismo.

Y el primer problema de un paciente es aceptar que es paciente y no médico.

Y eso es algo que el gremio periodístico no aceptará fácilmente.

Habrá que decirlo: el drama mayor de la prensa lo aportan los periodistas.

Y en la prensa peruana eso ya no es sólo evidente sino clamoroso.

Convertidos en empleados de sus dueños y en voceros de intereses que ni por asomo representan, miles de periodistas peruanos se han dedicado al arte de sobrevivir.

Y si para sobrevivir deben manipular la información, alterar los hechos, construir investigaciones difamatorias y a ratos canallas, pues lo hacen con tal de recibir –a veces con retrasos humillantes- la maldita quincena de Fausto.

Y si para sobrevivir deben aceptar que los dueños del medio impongan sus listas negras de réprobos y sus listas blancas de intocables, pues las aceptan.

Y si para sobrevivir deben olvidarse de todo lo que realmente importa y dedicarse al oficio de embrutecer al público –un oficio que antes cumplían las dictaduras y las radionovelas-, pues se olvidan.

Hay excepciones, claro. Son ellas las que justifican seguir comprando periódicos y viendo algo de televisión y escuchando una poca radio.

Pero la regla general es el escapismo y la desinformación. El principio de la mayor parte de la prensa actual es no tener principios sino publicidad, rating, mercadeo de chucherías que acompañan cada edición.

Según las últimas cifras creíbles, proporcionadas por una empresa dedicada al menester de medir lectorías y audiencias, el diario de más éxito en el Perú se llama “Trome”, un periódico que jamás habría podido concebir don Luis Miró Quesada de la Guerra –el último director histórico de “El Comercio”-.

Eso lo dice todo. Pero ese fenómeno no es sólo peruano.

En otros países, quizá con menos alegría suicida, está sucediendo lo mismo: la gran prensa abandona los grandes temas para ocuparse de la crítica menuda, de la contestación secundaria; un simulacro de descontento quiere hacerse pasar por cuestionamiento, un aplazamiento crónico de la agenda que realmente podría interesar se convierte en norma de conducta. La homogenización “liberal” del mundo exige la pasteurización de la prensa de masas. O sea que está permitido decir que los bancos estadounidenses recibieron demasiados auxilios financieros. Lo que no se puede decir es que el modelo, el sistema, la concepción raigal del desarrollo basado en el frenesí del consumo resultan ya insostenibles. Se puede decir que la orquesta estuvo mal. Pero nadie puede meterse con la idiota y criminal partitura que nos ha llevado a poner en riesgo el planeta.

En este mundo sin utopías, la prensa ha oficiado de sicaria. Y ha llegado a ser, como lo demuestra el día a día, cajón de sastre de odios ínfimos, anécdotas de marginales, basura colorida, cadáveres en el asfalto. Todo con tal de no hablar del gran asunto: el delicado asunto del dinero.

Del dinero que ata, que amordaza y que esclaviza. Una prensa con cada día menos lectores –las excepciones peruanas son “Trome”, “Ajá” y “El Popular”- tiene que vivir de la publicidad. Y la publicidad condiciona, aunque ésta sea una verdad que la mayor parte de los periodistas tratará de negar.

Y si no es la publicidad, será el dinero negro, el subsidio remoto, el raro mecenazgo...o la quiebra y el cierre. No hay más opciones.

Bueno, hay otra: la de pagar sueldos miserables y con retraso (cuando no en cuotas y sin gratificaciones). Pero lo que se logra con eso es un periodismo ideológico e informativamente desarmado.

Muchos periodistas peruanos son capaces de contar con bríos y talento las cuitas de otros. Pero alguna vez deberían de contarnos las suyas: las presiones del poder económico, las amistades contaminantes, las planillas que cubrir, la letra pequeña de la publicidad. En suma, lo difícil que resulta mantener la independencia y mirar de frente al verdadero patrón de la prensa: el interés público.

Referencia
Propia



    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista

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