“La población es el campo de batalla”

Con esa frase estremecedora, el excomandante general del Ejército, Otto Guivobich, sintetiza el objetivo que cualquier estrategia en el VRAE debe tener para acabar con los terroristas que ahora operan desde la “plataforma del narcotráfico”.

| 23 abril 2012 12:04 AM | Columnistas y Colaboradores | 1.4k Lecturas
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Para el general, quien logre inclinar a la población de la zona a su favor, gana. Por ahora el narco-senderismo nos aventaja. Y es que desde la captura de Abimael Guzmán se desarticuló la inteligencia en el VRAE, retirándose las bases militares clave. Así, el Estado no apareció más por esa intrincada geografía, algo que el narcoterrorismo aprovechó para desplazarse y despacharse a sus anchas.

Este nuevo senderismo es distinto al “clásico” que envenenaba con una ideología más “sofisticada” que la escuchada al narcoterrorista “Gabriel”, gracias a las reveladoras imágenes captadas por valientes periodistas como Iván Luyo de Panamericana TV.

A nuestros oídos los balbuceos de “Gabriel” suenan delirantes: mezcla de etnocacerismo con senderismo, con pseudo “respeto por la empresa” y la democracia, acusaciones de “chilenización” de las FFAA, y sus estrafalarias “caquitas de paloma” con las que se referían a la ofensiva bélica aérea de las fuerzas del orden. Un discurso que suena a ropavejero y huele a coleiformes cerebrales.

Pero habría que preguntarse a qué le suena a medio millar de pobladores de esas olvidadas zonas del país, donde no hay agua, luz, medicinas, educación y por lo tanto ninguna diferencia entre tener un gobierno democrático, o dictatorial o uno asesino o perverso terrorista o aliado al narcotráfico.

Para las poblaciones ignoradas de esas zonas, el Perú es solo sus chacras que les dan de comer. Solo conocen a policías y militares cuando hay algún problema, como ahora. Los “narcoterroristas” son su “normalidad”, sus aliados cotidianos en los sembríos de coca o en protección de eventuales “peligros”. La llegada de los militares solo quiebra su statu quo.

Es válido preguntarse si a aquellos pobladores les importa lo sofistacado o estrafalario del discurso de “Gabriel”, o lo necesario y valioso de vivir en una democracia, o si más bien les importa sobrevivir asegurando el alimento a sus familias y su integridad.

¿Qué país pueden reconocer en sus zonas donde desde hace varios gobiernos no se escuchan los pedidos de autoridades locales para poner al menos UNA base militar o UN puesto policial p.e. en Kepashiato? ¿Qué respaldo podrán dar los pobladores a un Estado que no existe, sin el cual viven y superviven, al que hasta ahora no han necesitado porque NUNCA se ha hecho presente? ¿Qué será país para ellos si no tienen luz, desagüe, postas, opciones de empleo o educación? ¿Cómo podemos pretender que sea benéfica la democracia para ellos si no tienen cómo ni contra qué medirla?

Por suerte, no está todo perdido. Dice Guivobich que el Huallaga debe ser nuestro modelo: presión y presencia militar y policial, programas alternativos y sociales. CONTINUIDAD y LARGO PLAZO, conocer al enemigo que calcula en más de 500, ganarse a la población, ACERCARLE EL PAÍS.

La nueva estrategia senderista tras el genocidio que cometió contra el pueblo es “trabajar con ellos” para usarlos como camuflaje, capturar a sus hijos como fuerza de trabajo y adoctrinamiento, y someter a todos a la ilegalidad y control. El sendero de hoy no solo asesina a policías y soldados del pueblo, trafica cocaína, y lo más penoso y urgente, trafica con las vidas de niños y gentes sin recursos, robándoles su futuro, sus mentes –como a los tristemente llamados “pioneritos”- peruanos que no tienen culpa de caer en sus fauces pero que son responsabilidad de un Estado, por décadas, ausente e indolente.

Ojalá y este Presidente, que ha vestido camuflaje y borceguíes, que ha peleado cara a cara con el monstruo y que sabe mejor que cualquier civil dónde está la corrupción e inoperancia de las instituciones militares y gubernamentales, haga por fin, la diferencia. No solo con bombardeos de fuego, sino con “bombardeo” de presencia y apoyo institucional y social. Si no, muertos los Quispe Palomino, otros tomarán el negocio y las rutas de la droga, y la “farcarización” estará a la vuelta del monte.


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Claudia Cisneros

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