La Pili vuelve al barrio

Ahí viene La Pili, alegre como siempre, con su caminar de coqueta dulce, su sonrisa fresca y encantadora, su mirada brillante y a veces algo tímida, sus zapatillas ligeras de colores llamativos, su peinado de estrella juvenil de música jazz, su pantalón medio gastado y esas ganas inmensas de mejorar la vida de los otros.

| 08 marzo 2012 12:03 AM | Columnistas y Colaboradores | 930 Lecturas
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Ha llegado al barrio el domingo justo para mejorar la tarde y ahora es el adorno de estas calles que sin ella se morían en el tedio. Estuvo en Madrid haciendo una maestría en Antropología por las mañanas, y por las tardes salía a poner luz en las alamedas con su sonrisa. De cuando en cuando iba al Café Gijón para cosechar miradas cultas.

Dulce total, coleccionista de amores, sensible ante las injusticias y preocupada por el medio ambiente, La Pili va por el mundo gritando que las cosas pueden cambiar para bien. No hace caso a la prohibición de estar triste y jamás se deja vencer por la apatía y pesimismo. Es rarísima, pero su compañía es una receta infalible contra toda forma del mal.

Hace muchos años estudia el proceso de la vida y las circunstancias de los indígenas-nativos-aborígenes, y siempre está hablando de querer contactar a los no contactados con una pasión alucinante.

Es vital y graciosa. Una de sus amigas cercanas me contó que la forma más usual de divertirse entre ellas es planear cómo pueden asesinar de amor a los hombres. Es enamoradiza, condición femenina de aquellas que tienen el corazón inmenso y el cariño abierto, que ciertas pacatas confunden con el libertinaje de mujeres fáciles. No. Ella es puro corazón, pero tiene un problema: deja corazones rotos por donde pasa. Todos nos alegramos con su regreso al barrio, menos Roberto, porque sabe que las cicatrices de amor por ella volverán a ser heridas. “Hola, querido amigo”, le dirá ella y Roberto no sabrá qué decir. Se morirá de miedo y dirá solo para él que jamás dejará de amarla con todo el corazón. Entonces La Pili le gritará: “¡Oye, Roberto, ya! Di algo. Bueno, vamos, acompáñame que te tengo que contar que quiero viajar a Brasil”. Roberto caminará a su lado sin decir nada, amándola en silencio como siempre.


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