La paliza a Clementina

Carlos y su familia vivían en la misma quinta en la que residía Alex y su familia. Carlos había llegado a la quinta desde Huancayo y era el tercer hijo de una prole numerosa. Alex también era el tercer hijo de una familia cuantiosa y tenía un año menos que Carlos.

| 16 junio 2012 12:06 AM | Columnistas y Colaboradores | 676 Lecturas
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Carlos corría más rápido que Alex; Carlos comía más rápido que Alex; Carlos sacaba notas más altas que Alex. La ventaja evidente de Carlos sobre Alex se notó aún más cuando éste cumplió 10 años de edad. Todos hablaban de Carlos, que era el preferido de la profesora, el más despierto y guapo del barrio, que prometía como futuro futbolista. Estos halagos germinaron en la madre de Alex un odio venenosohacia Carlos. La señora Clementina empezó a hablar mal de él. Inventó que se meaba en la cama, que ella lo había visto acariciar de manera extraña al capitán del equipo de fútbol del barrio. Su odio creció tanto que una tarde robó y quemó el uniforme escolar de Carlos que su mamá había dejado en el tendedero común de la quinta.

Las cosas empeoraron y, una tarde, Clementina raptó a Carlos a la salida del colegio y lo llevó a un parque alejado de la ciudad y le dio de alma sin medir las consecuencias. Lo amenazó con matarlo si es que él se atrevía a contar el hecho a su familia.

Carlos, quien no era bobo, ese mismo día por la noche contó a sus padres lo que había pasado y estos no fueron a la policía sino organizaron una reunión casi clandestina con los vecinos de la quinta. La madrugada del día siguiente, entonces, la vecina más avezada sacó a Clementina de su cuarto al patio. Los vecinos entonces le hicieron un apanado de patadas y puñetes, la mojaron con agua helada; y luego, la empujaron al patio de tierra, donde ella rodó como una chancha. Los vecinos estaban dispuestos a todo; pero alguien había llamado a la policía. Aparecieron tres efectivos con varas y gases lacrimógenos que felizmente no usaron. Clementina fue llevada a la comisaría y como nadie quiso denunciarla, el comisario tuvo que soltarla porque le pareció que la paliza que había recibido era ya un pago justo para cualquier delito.


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