La niña grande

Helen llegó un martes de febrero por la tarde al mercado del barrio a buscar trabajo y causó un remezón inusitado en todos los puestos a los que se acercó. Con su apariencia de jovencita de buena familia, vestida totalmente de negro; con las uñas, los labios, las pestañas pintadas de un negro tan intenso como su moño que sostenía sus cabellos negros, sorprendía a todo el que la escuchaba. “Me gustaría trabajar en su puesto, señor; pero aún no tengo experiencia. Pero puedo lavar platos, vasos, puedo barrer; puedo atender; señor”.

| 12 julio 2012 12:07 AM | Columnistas y Colaboradores | 646 Lecturas
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Los dueños de los puestos creían que la señorita enorme como un peluche de carne blanca estaba bromeando o que buscaba trabajo porque había tenido alguna riña con sus padres. Pero no era así, la señorita, cuyas piernas parecían las de una tenista de las ligas mayores, necesitaba trabajo de manera urgente porque su padre se había ido con otra dejando en casa a su madre triste y desconsolada y a sus hermanitos menores muriendo de hambre.

En efecto, Helen no sabía hacer absolutamente nada porque a sus 16 años de edad lo único que había hecho en su casa era haber recogido las hojas secas del jardín. No sabía barrer ni cocinar ni lavar; pero tenía muchas ganas. Su madre no tenía ni ganas. Se alucinaba la reina del mundo y jamás había trabajado. Después que la abandonaron, lo único que hacía era llorar.

A Helen le dieron trabajo en un juguería y el primer día se cortó el dedo cuando estaba abriendo un pan para ponerle aceitunas negras; pero aprendió rápido y la gente en el mercado le empezó a tener cariño. Le pusieron “La niña grande” y todos le ayudaban en lo que podían. En casa, su mamá al ver que su hija había salido a la calle a conseguir dinero siguió el ejemplo y salió a buscar trabajo y lo consiguió en otro puesto. Demoró en acostumbrarse.

Cuando “La niña grande” cumplió 17 años de edad hizo una reunión en su casa y todo el mercado fue a saludarla y el cumpleaños se convirtió en una fiesta inmensa de cumbia norteña. Su mamá, que antes no bailaba ni salsa, se amaneció bailando al son de Marisol, hablando en jerga y gritando: “¡Salud, caserita!”. Su padre nunca volvió a casa.


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