La muerte del general

Desde que cumplió 70 años de edad, el general Barrientos insistía en viajar a su pueblo para morir en paz. “Me siento mal, creo que ya es hora”, decía de pronto en cualquiera de las reuniones apacibles con sus hijos y sus nietos.

| 02 junio 2012 12:06 AM | Columnistas y Colaboradores | 655 Lecturas
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Pero el general Barrientos casi nunca se enfermaba, pues tenía un cuerpo de roble y el corazón palpitante de un muchacho de 18 años de edad. Cuando cumplió 75 años, el estar alejado del Ejército, lo empujó a la nostalgia y un resfrío de invierno, que se complicó en una faringitis, lo llevó al hospital.

Cuando tenía 18 años de edad tuvo que despedirse de su pueblo para entregarle su vida al Ejército. Dejó a su padre enfermo y a su madre con una tristeza enorme y en ese momento de pena prometió volver para vivir con ellos, pero la muerte se interpuso en el destino y cuando apenas estaba en el primer peldaño de méritos en el Ejército los terroristas mataron a su familia.

Cuando volvió al pueblo para los funerales de sus padres, el sacerdote del pueblo le entregó una carta de despedida. La misiva escrita por sus padres estaba llena de amor y no tenía ningún ápice de resentimiento; pero sí un mandato marcial: “Si nos dejaste para vivir para el Ejército, al menos, por el amor a tus padres, ten la dignidad de morir en tu tierra.

Esa frase lo ha acompañado toda su vida de sacrificio. Se retiró con honores y siempre fue el orgullo de su tierra porque ayudó en su pacificación y jamás dejó de ayudar en todo. Cuando cumplió 79 años de edad viajó a su tierra con lo indispensable en las maletas para morir con tranquilidad. Vivió en el pueblo 4 años sin problemas con una salud envidiable y empezó a extrañar a su familia en Lima y volvió a pasar el verano y fue aquí que las zarpas de la muerte lo alcanzaron de pronto cuando todos creían que su salud le iba a permitir cruzar los 100 años sin mayor problema.

Cuando se enteraron de su muerte, las autoridades del pueblo exigieron a la familia del general que le entreguen el cuerpo del hombre que se había convertido en un mito. Su cuerpo llegó en medio de una fiesta gigantesca que más parecía el nacimiento en vez de la muerte del general. En la entrada del pueblo lo recibió esta frase: “Ahora sí estará para siempre entre nosotros, mi general”.

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