La madre del chacal

Carlos Raffo –hijo simbólico de Anastasio Somoza, sobrino-nieto recontraputativo de Rafael Trujillo, caspa gruesa de Alberto Fujimori– ha vuelto a las andadas.

| 20 mayo 2008 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 2.2k Lecturas
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Ayer ha salido a acusar a Roxana Haas, empleada administrativa del consulado peruano en San Francisco, de haber sido puesta allí gracias a las influencias de su cuñado Jorge del Castillo.

Eso no es verdad. Conozco el caso porque soy parte de la historia breve y corajuda de Roxana Haas. En 1999, cuando algunos de los “valientes” y “demócratas” de hoy se meaban de miedo y se callaban renalmente en varios idiomas, Roxana Haas tuvo la audacia de copiar, de la computadora madre del Banco Wiese, el registro de movimientos de una de las cuentas que el ladrón y asesino Vladimiro Montesinos tenía en Lima.

Esos papeles se los entregó a Jorge del Castillo, que por entonces peleaba casi a solas, desde el Apra, en contra del régimen. Con esos papeles se apareció una noche Jorge del Castillo en la oficina del director de “Liberación”.

–Mira lo que te traigo –me dijo.

Les di una ojeada, traté de calibrar su importancia, estallé de entusiasmo.

–¡Carajo! –exclamé–. ¿Cómo has conseguido esto?

Fue en ese momento que me enteré de la existencia de Roxana Haas. Empleada del Wiese, harta como millones del muladar que la hez del Perú había construido desde Palacio de Gobierno, Roxana había logrado meterse en los registros mejor guardados de las cuentas menos publicables y había dado con los últimos movimientos de una cuenta de Vladimiro Montesinos Torres. ¿El saldo de esa sola cuenta? Dos millones y seiscientos cincuenta y nueve mil soles.

–Mándale un beso a esa mujer que tiene más cojones que el 90 por ciento de la prensa actual –le dije a Jorge del Castillo.

–Ojalá que no la descubran –dijo Del Castillo en un tono sombrío.

–¿Tú crees? –pregunté.

–Como te he dicho, ha tratado de cubrirse, pero todo es posible –dijo él.

Ala mañana siguiente, “Liberación” vendió ejemplares más que nunca. Hicimos un tiraje especial para cubrir la demanda. “Las cuentas de Montesinos” gritaba la portada.

El japonés que golpeaba a su esposa y se coqueaba en Palacio según versión de Susana Higuchi, debió saltar hasta el techo. Y cuando los “periodistas” acuartelados en la Casa de Gobierno le preguntaron ­(inevitablemente) qué opinaba de la publicación de esas cuentas, atinó a escupir la siguiente frase:

“El doctor Montesinos recibe honorarios importantes de empresas extranjeras. Él es un consultor muy cotizado en materia de seguridad y de inversiones. Estoy seguro de que eso explica la existencia de ­esa cuenta”.

No hubo repreguntas, por supuesto.

El país se había enterado ­oficialmente: el asesor presidencial, vigilante y sagaz, que estaba “catorce horas”cada día al lado de su jefe garantizando la tranquilidad interna, la derrota del terrorismo y la sacralidad de nuestras fronteras, ­ese hombre que apenas tenía tiempo para dormir y acudir a su despacho a las 7 de todas las mañanas, resultaba un “consultor internacional” mejor remunerado que el gerente de la General Motors.

El odio de Fujimori hacia este periodista podría haberse comparado, en ese momento, con un Huascarán hecho de mierda propia e importada. Héctor Faisal, el argentino que Montesinos contrató en un botadero bonaerense, me dedicó un suplemento en un diario de la familia Wolfenson. Pepe Olaya, el negro literario de la familia Wolfenson, me llamó “rosquete” en una columna de “El Chino” (hoy “La Razón”).

Y, mientras tanto, la investigación policiaco-informática en el Wiese arreciaba. A los diez días de la hazaña, Roxana Haas fue puesta en la picota y descubierta: una huella literalmente digital de su búsqueda fue hallada en una computadora próxima a la suya. Comprobando, con las cámaras de vigilancia, horarios de entradas y salidas, la cuñada de Jorge del Castillo fue avisada por alguien de que no volviera al banco. Empezaron las amenazas, las promesas de revancha, los insultos telefónicos, los envíos de flores a su casa.

La vida de Roxana Haas corría peligro. Y con un gobierno que había protegido a Martin Rivas y descuartizado a Mariella Barreto –intrusa de la computadora madre del Pentagonito, intrusión que ­abortó el plan destinado a matarme–, el asunto era para tomarlo muy en serio.

Esa fue la razón por la que Roxana Haas tuvo que abandonar el país, obteniendo, felizmente, el apoyo inmediato de la embajada norteamericana. Ella se ganó la vida como pudo y se rehizo en los Estados Unidos. Fue cuatro años más tarde, en el 2003, durante el gobierno de Alejandro Toledo, que Roxana Haas obtuvo el puesto administrativo que hoy tiene en la oficina consular del Perú en San Francisco. Por lo tanto, Jorge del Castillo nada tuvo que ver con su nombramiento.

Este Raffo acusador y mentiroso es el mismo que “denunció” a monseñor Luis Bambarén de tener un hijo escondido en Chimbote. Cuando se comprobó la falsedad de tal especie ni siquiera tuvo la hombría de retractarse.

Este Raffo es el mismo que hace poco, oficialmente, desde el asiento congresal que infecta, anunció que presentaría una moción demandando “una investigación a las ONG de derechos humanos por sus vínculos con el terrorismo”.

Es el mismo que dijo que Fujimori había “calculado perfectamente lo de la extradición, porque así todo se aclararía y en el juicio sus enemigos quedarán en ridículo” y el mismo que se burló cuando el monumento “El ojo que llora” amaneció pintarrajeado de naranja, el color de la banda de la que es sicario mediático.

Ahora, ante la presumible alegría del doctor García –cainita por placer–, Raffo quiere vengarse de Jorge del Castillo por lo que declaró en el juicio al frustrado senador japonés Alberto Fujimori. Del Castillo, como se recuerda, abrió esa tarde una ventana por la que entró un poco de aire y otro poco de memoria no censurada. Ese aire barrió por un momento la nube de encubrimientos, olvidos y complacencia judicial que parece ser el sello del llamado “megajuicio”.

El problema de Raffo es que ha vuelto a meter la pata calumniando esta vez a Roxana Haas para salpicar a Jorge del Castillo y para vengar, cuatro años después, a su verdadero jefe directo (es decir, Vladimiro Montesinos).

Pero detrás de todo ello, el asunto de fondo es que Raffo ha empezado a temblar porque hay una acusación fiscal, documentada y de veras temible, en marcha. Y es que por lo menos dos testigos señalan que Raffo, encargado de la campaña por la re-reelección ilegítima de Fujimori, recibió, en vivo y en directo, en sucesivos sobres, unos ciento cincuenta mil dólares procedentes de los bajos fondos del SIN. Y no sólo se trataría de un caso de peculado por el que se solicita cinco años de prisión. Es que, además, según fuentes fujimoristas ortodoxas, Raffo nunca rindió cuenta de lo que hizo con esa plata.

Esa es la madre del cordero. Bueno, del chacal, para ser más precisos.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista