La llamada

Javier de Barranco no entiende cómo no pudo reconocer la voz de su amiga especialísima, Clorinda Santa Catalina, aquella mujer morena y alta por la que muere y vive a la vez, templadísimo hasta los huesos más recónditos.

| 15 mayo 2012 12:05 AM | Columnistas y Colaboradores | 614 Lecturas
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A veces, en la vida las oportunidades se van como agua entre los dedos. Ocurre que una mañana sabatina con calor y aire fresco entró una llamada como de un lugar remoto que rompió con la tranquilidad de la oficina que Clorinda Santa Catalina había dejado obligada hacía tres años. En aquel lugar había nacido y estaba creciendo un amor prohibido entre Javier de Barranco y Clorinda Santa Catalina, hasta que el esposo fiero de ella, al descubrir dicho amorío secreto, interrumpió el romance, al obligarla a viajar junto con él a un lugar lejano de Chile. Fue un hecho que casi enferma hasta la muerte a Javier de Barranco y que solo el tiempo le devolvió unas ganas nimias para vivir. Jamás supo de ella y, en la oficina, él era hombre peleado con el destino. Sin embargo, aquel sábado por la mañana ingresó la inesperada llamada.

Javier de Barranco la contestó, con la misma hostilidad de siempre.

—¡Aló, aló, a quién busca!

Al otro lado de la línea, una voz asustadiza y tímida mintió, porque a quien buscaba en realidad era a Javier de Barranco. “Busco a Gloria”, dijo, como para despistar.

—A quién se refiere, oiga usted.

—A Gloria, señor.

—Aquí hay tres Glorias, ¿puede usted ser más seria y decirme a quién se refiere, que me está haciendo perder el tiempo?

—A Gloria Delgado, señor.

—Ya.

De mala gana, enojado como siempre, Javier de Barranco le pasó la voz a su amiga Gloria Delgado, quien habló por teléfono con ella unos 30 segundos. Luego, se acercó a Javier de Barranco y le dijo: “Eres el hombre más estúpido que he conocido, ¿cómo es posible que no hayas reconocido la voz de tu amada. Era Clorinda Santa Catalina y quería conversar contigo. Eso te pasa por renegón”, subrayó.

—¿De verdad, era ella?

—Sí.

—¿Y qué te dijo?

—Que eres un tarado.

—¿Te dio algún número?

—No. Se puso a llorar y cortó.


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