La noche de Laura y Aníbal

Laura Bozzo estaba confundida aquella noche en la que salió con el brazo derecho puesto en el flanco izquierdo y una ceja del otro lado haciendo esquina casi con la sien.

Por Diario La Primera | 17 jul 2008 |    

Eso le pasaba por vestir las piezas de su cuerpo puestas sobre la cama y no colocadas ya, como siempre le había recomendado Jack el Destripador, su literalmente entrañable amigo.

Pero esta vez los grititos, el farfullar excitado, el alboroto de su almita podrida se justificaban ampliamente: el mismísimo Aníbal Lecter la había invitado a cenar un policía neoyorquino en una suite del hotel Plaza. La entrada y el postre serían una sorpresa.

Hablaron, como en los viejos tiempos, de sus últimas presas, del incorregible Jack, que acababa de secuestrar la mitad de un banquero alemán y se había atrevido a pedir rescate por pieza entera, y de lo vulgar que se había puesto la cosa en el Perú con la moda esa de aserrar gente en los sótanos del Pentagonito.

-¡Cómo puedes vivir en un país así!- dijo Aníbal.

-Es por dinero, sólo por el dinero –contestó Laurita compartiendo el asco de su amigo.

Laura y Aníbal se habían conocido poco después de estallada la Revolución Francesa, con ocasión de la decapitación del conde Gobineau (dificultada por la incompetencia del verdugo, a quien Aníbal tuvo que ayudar con una sugerencia magistral).

Laurita, que había sido testigo de tan talentosa asesoría, se enamoró a primera vista.

El amor y el crimen, la puerca exquisitez y la insaciabilidad, los charcos y el infortunio vestido de mil maneras, la lascivia y el arte del malherir sin rematar, en fin, los habían visto juntos en la última gran peste de Venecia (1796), durante la batalla de Marengo –donde, infiltrados en el cuerpo médico, sellaron la suerte de los austriacos–, ante el estrangulamiento del zar Pablo (11 de marzo de 1801), y a lo largo de la diseminación de la fiebre amarilla entre las tropas del general Leclerc, enviado por Napoleón a sofocar una de las tantas rebeliones de HaitÑ

-Sabía mal pero era pasable. Creo que la fiebre amarilla terminó de amargarlo –diría Aníbal de Leclerc muchos años después.

El asunto es que Laurita y Aníbal tuvieron una conversación de lo más divertida, amenizada por un piqueíto de orejitas dulces y deditos de queso.

Un mayordomo, que tenía un garfio en el muñón del brazo derecho y al que Aníbal presentó con el extraño nombre de Raúl Modenesi, trajo por fin el banquete prometido.

En la mesa esperaban un consomé con tenues hilachas de novicia (la primera sorpresa), el ya anunciado adobo de policía de Manhattan, y un postre que ni siquiera el hediondo cerebro de Laurita hubiese podido imaginar: “Suspiro limeño con su procedencia”, majestuoso invento que Aníbal encontró entre las pertenencias de un inquisidor portugués a quien se había comido a la sal.

Y todo regado por un vino rumano que ardía como se debe.

Lo que sucedió después de esa cena no es dable de contarse en un periódico leído por seres humanos. Quizá lo único digno de decirse es que al día siguiente esa suite estaba tan desordenada por el odio y el placer equívoco que Laurita jamás pudo encontrar su segundo talón. Pero había sido feliz. Espantosamente feliz. Como casi siempre.

(Del libro “Biografías Apócrifas”, de pronta aparición).


    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista