La isla de los libros

Si me fuera impuesto recluirme en una isla con unos pocos libros –tan pocos que pudieran contarse con los dedos de una mano-, pues me sentiría muy desdichado porque son muchos más los libros de mi querencia y algo de traición tendría el hecho de tener que elegir a sólo cinco.

| 01 noviembre 2009 12:11 AM | Columnistas y Colaboradores | 1k Lecturas
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No he tenido una vida sedentaria ni mucho menos, pero tengo la impresión de que si contara las horas que tomé para leer ese tiempo sumaría bastantes más días de los que dediqué a muchas otras cosas.

Gracias a los libros sé de países que nunca hubiera podido conocer y de atmósferas que no podía ni siquiera imaginar y de infamias que no se me habrían ocurrido y de amores que sólo brillan cuando se los contempla por escrito.

Mucho de mi vida viene de los libros y eso es algo que no me produce ningún remordimiento. Me perdí muchos tumultos y no estuve en las bodas de los importantes, pero leí como un poseso y pasé junto a Raskolnikov y le vi las ojeras recién cavadas.

Renuncié a decenas de asuntos por los que otros se desviven, pero sé de qué color tenía las enaguas Emma Bovary cada vez que salía a amortizarse y ese consuelo pequeñajo me conforma.

Pero si se tratara de nombrar a algunos de los libros que me llevaría a esa isla, no dudo en decir que uno de ellos sería el Ulyses de Joyce y otro, modestamente, El mundo es ancho y ajeno, de Alegría.

Nunca he podido explicar la primera impresión que me causó el libro de Joyce. Si fuera un mentiroso cósmico diría que alguien me raptó y me llevó en un platillo al Ganímedes de la literatura, es decir al Dublín de 1904.

Para ser más precisos: a las horas que van de las 8 de la mañana del jueves 4 de junio de 1904 a las 2 de la madrugada del viernes 5, que eso es lo que dura la jornada al alimón de Bloom y Dédalus.

Secuestro más que lectura, al Ulyses no había que leerlo solamente. Había que internarse en él durante algunos meses –un verano entero por lo menos- y padecerlo, como si de una maestría de lector se tratara.

Hablando del poderío y la influencia del Ulyses, el gran T.S. Eliot escribió: “Quisiera, egoistamente, no haberlo leído”. Y el crítico Edmund Wilson afirmó: “Desde que he leído Ulyses la calidad de los demás novelistas me parece insoportablemente floja y descuidada”.

Ese monstruo genial llamado Nabokov idolatraba a Joyce, tanto como Pound. Y uno que nunca lo quiso, como Orwell, admitió que Joyce, al describir la corriente de la conciencia, había descubierto “una América que todo el mundo tenía delante de sus narices”.

Bueno, yo no sabía nada de esto cuando leí el Ulyses. Era un lector palurdo, presuntamente precoz y lo suficientemente loco como para sacrificarlo todo con tal de leer lo que me cayera. Nunca pude volver a leer con la condescendencia de antes. Y nunca dudé de que la ironía en relación a “las grandezas del hombre” –algo que había aprendido con Joyce- me acompañaría siempre.

Y he mencionado El mundo es ancho y ajeno porque hace unos días el señor Bryce, que escribió hace muchos años una excelente novela titulada Un mundo para Julius, se ha atrevido a menospreciar a Alegría y a ponerlo en un sarcófago.

Pobre Bryce. No sabe que el cholo Alegría está más allá del veneno anecdótico de un escritor menor. Menor no sólo frente a Vargas Llosa. Menor frente al propio Alegría.

Alegría no tuvo el desgarro de Arguedas y es seguro que en La serpiente de oro y aun en Los perros hambrientos su estilo puede discutirse. Pero El mundo es ancho y ajeno fue y será un referente monumental de la literatura peruana y quienes hayan leído a Alegría saben de qué hablo.

Volviendo a lo de la isla, lo he pensado bien. No iría con cinco libros. Naufragaría en la travesía llevando parte de mi biblioteca en la barcaza.

Porque no podría vivir sin abrir, de vez en cuando, aquella Nada de Carmen Laforet, o aquel Galíndez de Manuel Vázquez Montalbán, o algún libro de Wilde, o un poco de Westphalen y siempre Conrad y definitivamente Cortázar y Moro y Vallejo y Góngora y la Woolf.

¡Que se vayan al diablo con eso de los cinco libros! Moriría como traté de vivir: en desacato.


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César Hildebrandt

Opinión

Columnista