La inmortalidad de Laura Bozzo

Cuando Laura Bozzo fue asesinada por aquel Jack del East End londinense, jamás pensó que, reunida otra vez y muchísimos años después, caminaría por otras calles igualmente sombrías de la mano de quien sería el gran amor de su vida: Charles Manson.

Por Diario La Primera | 21 jul 2008 |    

Luego del ataque traicionero de Jack, Laura fue largamente operada y sufrió lo indecible para recordar su identidad. Y el hecho de que su cerebro no recibiera irrigación sanguínea durante sesenta y tres días –hay que admitirlo- dificultó su recuperación.

Aferrada a un botellón de formol que goteaba a toda prisa, entubada a un codo de pulgada y media, perturbadoramente amarilla, Laurita parecía el sueño de un enterrador ad honorem y la playmate de cualquier esquizofrénico.

De hecho, y sólo por un error inexplicable, alguna vez había sufrido la vergüenza de un entierro prematuro. Sólo su habilidad para escarbar le permitió superar ese malentendido, que se produjo después de un intento de quemarla viva en aquel pueblo bárbaro de Salem.

(La injusticia de este episodio está descrita en el capítulo VII del “Necromicón”. Se establece allí que la parte acusadora jamás probó que los cuerpos encontrados en casa de Laurita pertenecieran a las autoridades locales de Salem –tal era el grado de desfiguración que presentaban- y tampoco pudo probar que la alimaña locuaz hallada bajo su cama fuese el hombre que se atrevió a engañarla).

En todo caso, la Laura que surgió de su malograda aventura con Jack era una nueva Laura, fundada en otros patrones de gravedad, cosida y rehecha hasta el último centímetro.

-Quiero un vaso de agua –fue lo primero que dijo después de la trigésima operación. Su médico, el célebre Peter Knife, hubo de hacer unos cuantos arreglos que algunos consideraron, injustamente, como desmesurados. Lo cierto es que Laurita pudo volver a la circulación luego de permanecer veintiocho días en una morgue, primero, y catorce años en el circuito hospitalario de Londres, después.

Y lo cierto también es que un día, en Nueva York, otros muchos años después, muchas plagas y guerras después, un día en Nueva York, como decíamos, adonde había viajado para ver el musical de “La metamorfosis” de Kafka, Charles Manson la vio mirando una vitrina de lencería.

Manson andaba en busca de un sostén de brocado porque tenía una fiesta y Laura quería hallar un calzón con tirantes, tal era su delgadez. Manson la miró de reojo –bueno, él sólo podía mirar de reojo- y decidió que esa mujer tenía que ser suya. Laura contaría después que ella también sintió un hormigueo que recorrió cada escama de su espalda.

Porque más allá del atractivo físico estaba la comunión de sus inexistentes almas y la afinidad de sus infiernos.

Los unía virtualmente todo: las cicatrices exteriores, las sucesivas mortajas de la memoria, la compasión que les inspiraba la preñez de las comadrejas y su devoción sin límites por Barba Azul, a quien jamás consideraron un personaje de Perrault sino el fundador de ese estilo seriado de matar que tanto amaban.

Se tuvieron esa misma noche, por partes, e hicieron su promesa de pareja formulando un pacto de sangre tan entusiasta que terminó con ellos en la sala de emergencias del Hospital Presbiteriano.

Pasado ese contratiempo menor, se casaron en un quirófano y partieron de luna de miel a Europa, en un periplo que debía de terminar en Rumania, donde, además, Laura tenía que recibir la considerable herencia de un pariente que no terminaba de morir.

Al llegar por tren a Bucarest la pareja no cabía de gozo. El invierno empezaba y era un día gris en el que parecían flotar partículas de ceniza. Un mendigo les extendió la mano y Laurita no dudó en desprenderse del bocadillo de salami que había comprado en Padua ocho días atrás.

Luego de una corta espera los parlantes de la estación anunciaron la partida del tren a Transilvania. Laurita y Manson se miraron desde sus respectivas cataratas y sonrieron.

-Es el nuestro– dijo Laura, tosiendo como en sus mejores tiempos.

Como hemos dicho, Laurita debía de heredar a un pariente que, con la firmeza típica de la familia, se negaba a morir. El hombre se llamaba Theo D. Tritus y era un viudo plural y ahora solitario. Y como muchos de su estirpe, había fallecido en un par de ocasiones y había regresado de esas tinieblas más sucio y perverso que nunca.

Cuando llegaron a su casa lo encontraron con la suficiente fuerza como para preguntar con hostilidad:

-¿Qué quieren? ¿Quién los ha dejado entrar?

Fueron sus últimas preguntas. Laura lo mató hasta la redundancia, lo estranguló sin necesidad, lo esparció con vocación de desorden y remató cada trozo de pariente desconsiderado con la misma estaca de encina que siempre llevaba puesta por si fuera menester.

Manson estaba emocionado.

-Tendremos una casa de playa en el Mar Negro y una cuenta más que linda en la banca suiza –dijo Laurita.

Manson se enamoró más que nunca. Años más tarde intentaría encontrar en sus discípulas una sombra siquiera del veneno de Laura, un gramo apenas de su erudición funeraria, una pizca de su genio a quemarropa. No tuvo suerte. Ningún otro cadáver pudo llenar el hueco que dejó Laura en su vida.

Sin embargo, llegó un tiempo en que Laura pareció hartarse de sus filudas hazañas. Fue en esos meses cuando empezó a leer literatura vinculada a otras artes: la masacre de los espíritus, por ejemplo.

Leyó el diario de Goebbels con lágrimas de granizo, se emocionó con los apuntes del doctor Mengele, vio quince veces el vídeo familiar de Idi Amín Dadá, doce el largometraje que Papá Duvalier les mandó a hacer a los prisioneros de uno de sus campos –ellos mismos ponían la palabra FIN al terminar la obra- y tantas veces que no pudo ni contarlas la película cumbre del cineasta chileno Manuel Contreras: “En el estadio todos cantan”.

Esas lecturas y esas visiones la hicieron pensar que su prolongadísima vida había tenido algo de banal. “Deshacerse de la materia es algo relativamente fácil”, se torturaba. Un día, cuando reflexionaba sobre esos asuntos, una amiga que había muerto en el Titanic le escribió una carta que sería decisiva.

En ella le hablaba de un país sudamericano donde el gobernante tenía la espléndida obsesión de que sus súbditos llegasen a ser, de ser posible y en orden sucesivo, bagatelas mineralizadas, nadas haciendo colas en mercados donde no hubiese nada.

Laura captó la poesía de inmediato.

La amiga le describía en la carta el método de esa matanza de voluntades que Chino Maldito –que así se llamaba el gobernante- estaba practicando con la anuencia de todas las cabezas rapadas del Infierno.

Se trataba, para empezar, de desalentar toda honradez y fusilar a la decencia. Pero, sobre todo, de que la gente aceptase, agradecida, el lodo del chantaje, los residuos de su sueldo y la viruta de sus futuros negros.

Era el holocausto de la libertad que otros habían intentado inútilmente. Su amiga le decía que Chino Maldito, venido del séptimo círculo del Resentimiento, lo que estaba logrando, en el fondo, es que esa gente perdiese toda noción de sí misma y aceptase con hurras ser un guiñapo, haciendo olas el hecho de no tener qué comer, con aplausos su degradación ciudadana y con himnos de victoria la llegada de sus torturadores.

Y la prueba de que Chino Maldito estaba teniendo éxito es que era vivado hasta por los que se habían hecho míseros por su política de saqueo de las arcas públicas.

Laura decidió que tenía que venir.

Así que un día hizo maletas y dejó a Manson, que para entonces ya era el asesino del zodiaco, y aterrizó en Lima dos días antes de los crímenes del Santa. Traía una recomendación de Sirhan Bishara Sirhan dirigida a un tal Vladimiro Montesinos.

(Del libro “Biografías Apócrifas”).


    César Hildebrandt

    César Hildebrandt

    Opinión

    Columnista