La importancia del indulto

Las presiones para indultar al expresidente Alberto Fujimori son, acaso, la punta del iceberg de un proceso mayor que tiene como objetivo principal, además de la liberación del exdictador, la liquidación de lo que podemos llamar esa suerte de coalición democrática que se formó a fines de la década de los noventa y principios de la década pasada, que permitió la derrota política del fujimorismo.

| 07 octubre 2012 12:10 AM | Columnistas y Colaboradores | 5.3k Lecturas
La importancia del indulto
LA PUNTA DEL ICEBERG
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Lo que se busca es la derrota estratégica de esta coalición –bastante desorganizada por cierto- para regresar a un bloque en el poder similar al que gobernó en los años noventa. Las vacilaciones, primero frente al cambio y el posterior viraje hacia el continuismo del presidente Ollanta Humala son el contexto para que esta ofensiva tenga lugar.

Por eso no es extraño que uno de los blancos de esta ofensiva –no solo de derecha sino también pasadista y conservadora- sea el hoy ausente expresidente Valentín Paniagua. La idea es barrer con ese pasado y con el personaje que logró conformar un gobierno de centro progresista y sentar las bases de una real democratización del país.

Los ataques a la Comisión de la Verdad y la Reconciliación –CVR- y a su informe final, a los llamados “caviares de izquierda”, a los políticos que no son de izquierda pero sí de talante democrático, en fin, a todo aquello que tenga un aire a progresismo y republicanismo, son la expresión más clara de que se quiere volver a construir un régimen autoritario y corrupto sostenido por los grandes empresarios, la mayoría de los medios de comunicación, los militares y las fuerzas conservadoras y de derecha.

El asunto es tan obvio que la derecha tiene que inventar toda una historia delirante en la que se dice que durante del gobierno de Valentín Paniagua se creó el Movadef y se sentaron las bases para el posterior crecimiento de Sendero Luminoso. Para esta derecha, los gobiernos sustentados en coaliciones democráticas, progresistas, antilobbistas y respetuosos de la legalidad democrática, no deben repetirse.

El indulto a Fujimori (o mejor dicho el “insulto”) aparece como un hecho simbólico de que ese pasado tiene que ser derrotado. No se trata solamente de la libertad de una persona, en este caso de Alberto Fujimori, sino más bien de la derrota de un momento en el país y de un conjunto de personajes, de fuerzas políticas y sociales que lograron derrotar a un gobierno corrupto y a una coalición política, social y económica, que buscaba construir un régimen autoritario de larga duración.

Por eso creo que la falla de esta última transición y de la década pasada, fue el no haber formado una sólida y firme coalición antifujimorista (o antiautoritaria y antineoliberal) capaz de sentar las bases definitivas de un país democrático. Como dijo el propio Valentín Paniagua en el 2002: “¿Qué posibilidades se abren en el futuro? Deseo ser muy claro en este aspecto. El Perú no está viviendo una transición más hacia la democracia. Vive en verdad, un momento auroral, fundacional”

Concretar esa nueva etapa hubiese requerido crear partidos políticos fuertes, enraizados en las clases populares, instituciones sólidas e independientes, reformar a las Fuerzas Armadas para acabar con la impunidad, la corrupción y, sobre todo, con las amenazas de un nuevo militarismo, reformar los medios de comunicación, establecer nuevas relaciones con los grandes grupos de poder económico, transformar el Estado para que deje de ser propiedad de unos pocos, etc.

Alejando Toledo, como lo demostró la presencia de PPK y de otros personajes en su gobierno, no fue capaz de hacerlo; menos aún Alan García que intentó refundar al viejo partido aprista ya no sobre sus bases primigenias sino más bien sobre los cimientos del nuevo catecismo neoliberal.

El proyecto de García fue, acaso, el más audaz ya que pretendió (sería bueno preguntarse si lo logró) convertir al APRA en el partido que la derecha necesitaba. El triunfo de Ollanta Humala y la derrota de Keiko Fujimori retrocedían a la derecha a principios de la década pasada. El fantasma de un Valentín Paniagua más radical, por no decir fundacional, volvía a recorrer este país.

Por eso, insisto, la renuncia del gobierno de Ollanta Humala a transformar el país y la senda de continuismo que empezó a recorrer, son de una importancia mayor; dicho en otras palabras, es el combustible y la justificación que la derecha necesita para lanzar esta ofensiva.

Superados sus temores y fobias, la derecha concluyó que había llegado el momento del ajuste de cuentas. Las banderas o símbolos de su triunfo son, por un lado, el indulto de Alberto Fujimori y, por otro, dejar establecido que estuvo bien todo aquello que representó su gobierno.

No es extraño por ello, más allá del debate del supuesto o real cáncer del expresidente, que el fujimorismo y el propio Fujimori se nieguen a pedir disculpas públicas de las tropelías, delitos y crímenes cometidos durante sus tres gobiernos. Para ellos, y también para una derecha neoliberal y curiosamente conservadora, todo lo hecho en el pasado está bien.

Sin embargo, este intento por cambiar la historia no solo se remite a un continuismo económico neoliberal. Implica también una cultura conservadora que hoy busca expandirse en la sociedad y en nuestros hogares.

Es el triunfo de un neoliberalismo conservador que bien se puede resumir en lo siguiente: libertad para las mercancías y capitales, y represión para las personas (sobre todo a las mujeres), y a los movimientos sociales contestatarios. Es decir una democracia acotada, sectaria, de baja intensidad y antipolítica.

Por eso creo que no estamos frente a un momento sin mayor importancia. Lo que se juega es el fin de un ciclo político que comenzó en la década pasada con el gobierno de Valentín Paniagua, y el inicio de otro de claro signo derechista y conservador. El indulto, si se concede, bien puede ser el punto de quiebre que la derecha peruana anhelaba hace muchos años.

Nota: Un ejemplo de este creciente conservadurismo es la actitud del MEF o, mejor dicho, del ministro Luis Miguel Castilla, que acaba de vetar que en el actual presupuesto figure una partida en el Plan de Igualdad de Oportunidades destinada al aborto terapéutico tal como lo habían aprobado tanto el Ministerio de la Mujer como el de Salud. Castilla ha trasladado este programa para el año 2017 no por razones económicas o presupuestales, como es su competencia, sino más bien ideológicas. Sería bueno preguntarle al ministro si en esos días conversó con el cardenal Juan Luis Cipriani.


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Alberto Adrianzén M.

Disonancias

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