La historia de un taxista

Aquel lunes por la mañana, cuando el taxista José Contreras llegó a la puerta de la casa de Marielena Cisneros y tocó el claxon varias veces, ella no salió como de costumbre. Volvió a tocar y nada.

Por Diario La Primera | 07 jun 2012 |    
Entonces José Contreras se preocupó porque el viernes pasado ella le había dicho que aquel lunes debía estar en su casa minutos antes del horario establecido. Pensó que había llegado tarde; pero el reloj decía que había llegado como 20 minutos antes de lo previsto. Esperó, y nada. Bajó del auto preocupado y tocó el timbre. Salió una señora con lentes y con una chompa gruesa con una tranquilidad extraña como si hubiese dejado de tomar café hacía unos minutos. “¿Disculpe, señora, le puede decir a la señorita que ya estoy aquí?”. “No lo entiendo, ¿quién es usted?”. “Soy el taxista, y la estoy esperando para llevarla a su trabajo como siempre. El viernes me dijo que hoy llegue temprano y por eso estoy aquí”. “¿Todos los días? ¿El viernes?”. “Sí, señora”. “¿Disculpe, pero no sé de qué habla?” “¿Marielena Cisneros, la señorita de ojos claros y cabellos ensortijados, no vive aquí?”.

Cuando la señora escuchó el nombre de su hija y la descripción de ella, pensó en los ojos claros y los cabellos ensortijados de su hija ausente y retuvo las lágrimas y creyó que el taxista era un extorsionador. Sin embargo, con tranquilidad dijo: “Mire, señor, retírese o llamo a la policía”.

José Contreras se asustó y dijo: “Disculpe, señora, es que yo siempre recojo a la señorita Marielena Cisneros casi todos los días para llevarla a su trabajo. No le miento. Soy el taxista de ella. No quiero hacerle daño a nadie”.

La señora se calmó y dijo: “¿Usted la conoce?”. “Sí, y usted debe ser la señora Margarita. Ella me dijo que a usted le gusta tomar café a estas horas de la mañana y que le gustan los huaynos ayacuchanos. Me dijo que usted le prepara el almuerzo porque no quiere que ella coma en la calle,…”. “Ya no siga, hijo. Esto es muy extraño, porque ella es mi hija; pero ella ha muerto hace cuatro años. No sé cómo pudo haberle hecho taxi todo este tiempo. Ella ya no está con nosotros”. “¿De qué habla, señora?”. “Pase usted joven, mire la pared, ella es mi hija”. “Sí, claro, ella es Marielena Cisneros”. “Ahora mira esta foto, somos nosotros en su velorio”. “Uy, señora”, dijo el taxista y se desvaneció poco a poco como una imagen en los televisores antiguos.


    El Escorpión

    El Escorpión

    El Escorpión

    elescorpion@diariolaprimeraperu.com