La enamorada de la Catedral

Amanda, enamoradiza sin cura, se templó del amigo de su hermano mayor la primera y única vez que éste fue a su casa a recoger un libro.

| 28 junio 2012 12:06 AM | Columnistas y Colaboradores |582 Lecturas
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Desde que José dejó la casa, Amanda buscó hablar con él apelando a los recursos más extraños sin que el hermano se diera cuenta y consiguió el número de su teléfono en apenas unos minutos. La primera vez que habló con él le pidió que no le dijera nada a su hermano e increíblemente le confesó que estaba enamorada, que no hacía otra cosa que pensar en él y que su ojos azules de hombre hermoso estaban impregnados en su corazón y que por el amor de Dios le permitiera conversar con él personalmente al menos cinco minutos para demostrarle que su amor era verdadero y que nada tenía que ver con los recursos de la exageración y que su corazón de doncella palpitaba con locura por su amor. Al otro lado de la línea, José se asustó y colgó el teléfono porque creyó que Amanda, la hermanita quinceañera de su amigo, se había vuelto loca. Era verdad, estaba loquita de amor desde la primera vez que lo vio cuando fue a su casa a recoger el libro. Amanda volvió a llamarlo y volvió a abrirle su corazón y le dijo tantas cosas de amor sin medir consecuencia alguna hasta que José le dijo: “Nos vemos mañana a las seis en la puerta de la Catedral de Lima”, como para salir del paso. Era un viernes. Al día siguiente, sábado, Amanda estuvo en la puerta de la iglesia a las cinco y treinta, esperándolo en el atrio de la iglesia con el corazón apunto de derretirse por amor. José no llegó a las seis; a las siete, tampoco; ni a las ocho ni a las nueve. A las once de la noche los serenos se acercaron a la pobre enamorada creyendo lo peor. “No se preocupen, solo espero al amor de mi vida”, les dijo y se amaneció en la puerta de la Catedral rogando a Dios para que José esté sano y salvo. Como a las seis de la tarde del domingo, José pasó de casualidad por la iglesia y la vio sentada en las escaleras de piedra y con una pena inmensa le dijo: “¿Qué haces aquí?”. “Te espero, amor mío”, le contestó.

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