La emolientera en la marcha

A esta esquina mustia, triste y sin colores, le daba vida la sonrisa de la emolientera sonriente. Pero ella ya no está y casi nadie sabe a dónde se ha ido.

| 01 junio 2012 12:06 AM | Columnistas y Colaboradores | 1k Lecturas
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El que vende chocolates, cerca donde ella ofrecía emolientes calientes para los solitarios nocturnos, dice que no sabe nada y que la cajamarquina no viene hace cinco días. El policía municipal, que controla la venta y el buen servicio de los vendedores de la calle, refiere no explicarse cómo es posible que haya desaparecido la señora cuando recién el frío empieza a imponerse.

Cerca de su puesto, una prima suya tiene una pequeña bodega en la que atiende Marcelino, un arribista sin freno y de carácter agreste. “¿Por favor, quiero preguntarle algo a la señora, puedes pasarle la voz”. “No, quién eres tú”. “Solo quiero preguntarle algo: soy el amigo de tus patas que jugaban contigo”. “Esos, esos no son mis amigos”.

“¡Marcelino, anda dale de comer al perro y deja que el señor me pregunte!”, exclamó la prima de la señora.

“Señora, quisiera saber dónde está su prima, la emolientera de la esquina”. “No sé, señor. No sé, debe estar por ahí”, me dijo en voz alta y baja: “Vuelva en la noche”.

La emolientera de amplía sonrisa siempre estaba dispuesta a aconsejar a la gente. Les decía a sus clientes que es malo tomar mucha gaseosa, que la cerveza en exceso también es mala. No lo hacía para vender más, sino estaba convencida de que a la gente hay que ayudarla a vivir bien. Por eso, ella vendía emolientes, pudiendo vender cigarros o chocolates que los solitarios nocturnos buscan en las calles.

Pregunté a todo el mundo dónde está la emolientera y nadie supo darme razón. Anda a su casa, me expresó alguien. En su casa, una señorita de ojos claros, como casi todas las cajamarquinas, me dijo: “Está de viaje, señor, está de viaje. No le puedo decir nada más”.

Entonces, ya de noche, volví a la tienda de su prima. Marcelino ya no estaba, y le dije: “Me dijo que volviera en la noche”. “Sí, señor, es que no podía hablar, este Marcelino se ha convertido en un chismoso mala leche. Creo que al pobre le falla algo, por eso actúa así”. “Bueno, qué quería decirme”. “Mi prima se ha ido a Cajamarca, a marchar por el agua. Le dije que no vaya, que era peligroso; pero ella me respondió que tenía un deber moral que cumplir. Espero que esté bien”.


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