“La Doña” sigue enojada

El señor “J”, ese hombre vestido de negro que anda con sus manos en los bolsillos mirando a la nada y con el pensamiento totalmente ocupado en esa mujer que lo hirió hace dos años, quiso quebrar el destino al que parece estar condenado.

| 27 agosto 2011 12:08 AM | Columnistas y Colaboradores | 953 Lecturas
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“No puede ser que te dure tanto el enojo, Doña. No puede ser que por culpa de un ser despreciable mi amistad contigo se haya roto. No es justo que una amistad tan linda se haya desvanecido de esa manera. Son dos años sin ti, Doña, dos años”, pensó y como había soñado con mariposas en un día soleado en el Caribe, creyó que era hora de actuar porque pensó que la suerte estaba de su lado.

“Al menos quiero oír tu voz”, pensó y marcó el número del celular de “La Doña” que lo tiene memorizado desde hace cuatro años. Pero ya no era el número. Entonces, con una diligencia de pantera enamorado, buscó el número. Y lo encontró al toque. Sin embargo, antes de marcarlo, fue a una iglesia antigua del centro de Lima a encomendarse al Señor que se apiade de él y le devolviese la amistad de “La Doña”.

Marcó el número justo cuando su reloj, que ella le había regalado, marcó las cinco de la tarde porque su abuelo lo había convencido cuando era niño que el cinco es su número de la suerte porque nació un cinco de mayo a las cinco de la tarde.

Lo hubiesen visto al señor “J”, con qué cuidado marcó el número de “La Doña”. Lo hizo sentado en un banco de madera en el parque donde solía pasar horas y horas escuchando a su amiga del alma, totalmente enamorado.

—Aló, con “La Doña”, por favor.

—¿Sí?

Cuando escuchó su voz su rostro enjuto se abrió en una enorme sonrisa como se abre una flor, y dijo con mucho cuidado:

—“Doña” te saluda el señor “J”

—Sí, sí.

—Quería saber si te acuerdas de mí, si hoy descansas como yo para hablar un poco de lo nuestro.

“La Doña” lo escuchó unos treinta segundos y luego dijo con un voz extraña: “Eres, eres, eres un confianzudo” y soltó una risa extraña, y colgó.

La sonrisa del señor “J” se desdibujó poco a poco y no supo qué hacer. Caminó tres horas seguidas del centro de Lima hasta Barranco y al llegar a su casa le dijo a su gata enorme con una tristeza digna de las mejores películas: “Blanquita, ‘La Doña’ sigue enojada”.

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